Ningún debate, informe o rendición de cuentas puede prescindir de los datos o cifras que requieran insertarse para probar o consolidar el planteamiento que se formula o desmentir la afirmación que se rebate.
El discurso del presidente Leonel Fernández ante las cámaras legislativas el domingo pasado estuvo repleto de números que ayudaron a comparar aspectos relevantes de la economía y del desarrollo humano con el de otras naciones, o que sirvieron para probar que la nación ha experimentado notables avances.
Es por eso que llama la atención que gente de sotana, académicos, empresarios y de la sociedad civil reprendan al presidente porque en su informe al Congreso privilegió el uso de cifras, llegando un obispo a advertir que la población no se alimenta con números y algunos intelectuales y políticos de oposición a señalar que ese discurso describió otra sociedad distinta a la de hoy.
Los números reflejan la realidad terrenal, mejor que cualquier texto bíblico.
¿Cómo negar, por ejemplo, en el país hay más de 8.8 millones de teléfonos móviles y estamos, en ese aspecto la modernidad, al nivel de España, Francia y Alemania? ¿O el hecho cierto de que cincuenta años después del ajusticiamiento de Trujillo, Santo Domingo es una importante metrópoli llena de energía y vitalidad, con avenidas, áreas verdes, elevados, túneles, metro y gigantescos edificios?
Durante toda la semana escuché o leí a políticos, académicos, empresarios, comunicadores y mentados líderes de la sociedad civil decir que el discurso presidencial no llenó las expectativas, como si alguno de ellos usara un tipo de aparato para medir la expectación que precedió al mismo.
Faltó que los críticos rebatieran los criterios y estadísticas sobre los temas de endeudamiento externo, reducción de pobreza, retorno al crecimiento económico, inversión en la educación, cumplimiento de la meta sobre déficit fiscal y fortalecimiento del sistema financiero.
Aun frente a los temas que acusaron mayor debilidad como los referidos al sector eléctrico y seguridad ciudadana, los detractores no elaboraron contundentes juicios contradictorios, porque tose limitó a señalar que el discurso no se correspondió con la realidad, que la gente no come números o que no anunció un cambio del modelo económico.
Al presidente se le censura el uso de datos, números y estadísticas, pero políticos, empresarios y mentados líderes de opinión utilizan esos recursos para sustentar la tesis de que la nación está al borde del despeñadero, sin reparar en el dicho de que donde las dan, las toman.
La verdad es que no ha habido forma ni manera de confrontar el discurso, quizás por la expresión que se atribuye a Lenin, de que los hechos son tozudos.

