Desde hace más de veinte años para esta fecha uso A Rajatabla como campanada para anunciar la llegada al lar de miles de dominicanos ausentes que vienen para disfrutar de Navidad y Año Nuevo junto a sus familiares y cuya presencia en ciudades y campos imprime a la celebración un toque especial de alegría y colorido.
Esta es una de las columnas que escribo con mayor complacencia porque procuro motivar a quienes pernoctamos en esta tierra insular a recibir al ausente como héroe y prohijarle todo tipo de atención y aprecio, porque ese compatriota que trabaja duro durante todo el año en estados Unidos, Europa o en cualquier parte del mundo, nunca se olvida de nosotros ni de su país.
Sin nunca haber ostentado la condición de inmigrante, he llegado a aquilatar lo mucho que se sufre allende los mares, lejos de lo suyo, en ambientes muy distintos y ajenos a nuestra idiosincrasia, donde se debe enfrentar formas cruentas de discriminación, áspero clima, limitación del idioma, entre otros padecimientos.
Esa admiración que profeso a la comunidad dominicana en el exterior pudo haber tenido su origen en los muchos viajes que he hecho al extranjero, donde he podido palpar el víacrucis de trabajadoras domésticas discriminadas en España y de otras muchas en condiciones de semiesclavitud en Francia, Alemania, Bélgica y Holanda.
A esas dominicanas las mantiene de pie la firme convicción de que un día retornarán a sus pueblos y volverán a abrazar a sus hijos dentro de una modesta casa que construyeron con gran sacrificio en el viejo continente, aunque muchas vuelven del brazo de algún hombre blanco enamorado de su inagotable belleza caribeña.
He visto compatriotas trabajando como bueyes en Corea del Sur, España, islas del Caribe y ciudades estadounidenses tan distantes como San Francisco, San Luis, Alaska, Honolulú, Las Vegas, aunque el grueso de nuestra fuerza laboral se distribuye en la zona este de la Unión Americana, como Nueva Inglaterra, Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania y La Florida.
La diáspora dominicana también se destaca en ámbitos educativo, científico, tecnológico, político, académico, artístico y literario y son pilares en áreas de negocios como bodegas y supermercados que controlan en casi un 90% en los estados del este.
El inmigrante dominicano jamás olvida a los suyos, razón por la cual repatria más de tres mil millones de dólares al año, recursos que se distribuyen como buen pan por toda la geografía nacional como garantía de progreso y gobernabilidad.
Es por eso que los criollos que retornan a casa en esta temporada navideña como buenos hijos, auténticos héroes, portadores de buena nueva, hay que recibirlos con una jumbo bien fría, al ritmo de merengue o bachata, antes de abrir las maletas, donde habrá regalos para todo el mundo.

