Opinión

A ritmo de merengue

<P>A ritmo de merengue</P>

Siempre se ha dicho que los menos caribeños de los caribeños somos los y las dominicanos.  Para demostrarlo circulan a nivel mundial nuestras fotos, tanto en los eventos formales como informales.  Contrario a las otras islas, aquí predominan el saco y la corbata, y proliferan los colores oscuros.  Somos la única isla donde las mujeres no usan sombrero, para que no las “confundan” con turistas, y debajo del saco los hombres usan chaleco, como si hiciera frío.

Recuerdo mi entusiasmo cuando a Johnny Ventura lo eligieron diputado, o a Sergio Vargas.  Los imaginé presentando sus mociones con sus orquestas y llenando por fin un espacio tan desacreditado como lo es el Congreso Nacional, con la presencia de la música popular.  Lamentablemente, los dos se pusieron saco y corbata, aunque Sergio por lo menos no se cortó los cabellos y no perdió, como Sansón, su fuerza.

Esta media isla es definitivamente esquizofrénica.  Por una parte hacemos gala del mayor de los dinamismos en cuanto a la música popular se refiere, con la que hemos invadido todo el mundo, sobre todo con la bachata, y por otra parte vemos en la vestimenta formal un mecanismo para ganar respetabilidad, una  manera de “blanquearnos”.  Me cuentan que la cirugía plástica en los hombres va en aumento y que ahora se estila eliminar la papada y afinar las narices via el bisturí, para poder salir en las columnas  de nuestros Chusmas Heralds, como les llamaba Koldo.

Esa “seriedad” se extrema en las actividades políticas, como si la probidad estuviera en la sábana.  Vemos “mesas principales” llenas de candidatos con cara de entierro, cuando lo que debería predominar es la alegría de poder decir su palabra, de llevar su mensaje a las masas, de insertarse en el corazón de la gente.

Vi esa alegría en Brasil, cuando la campaña de Dilma.  Invitada a una asamblea de los sindicatos de mujeres en apoyo a su candidatura, lo primero que nos recibió en un auditorium gigantesco, fue una banda musical compuesta por mujeres y dirigida por una señora mayor.  Todas tenían pelucas verdes y amarillas, los colores del Brasil,  e interpretaban a ritmo de samba tanto el himno del Partido como, llegada la hora, el himno nacional.

Luego comenzaron a llegar las delegaciones y a hacer su entrada en el salón.  Cada una con su bandera provincial, sus camisetas, sus sombreros, su color característico, su himno, y todas danzando a ritmo de samba.

La euforia del público era patente y la sala irradiaba por el alegre reencuentro de las delegaciones, la gente se abrazaba e intercambiaba banderines, sombreros y regalos.

¡Qué hermosa manera de hacer política! ¡Qué extraordinaria manera de otorgar verdadera seriedad a los mensajes! ¡Qué inteligente mecanismo de incorporación de  las mejores tradiciones de la cultura popular al mensaje político!

Cuatro horas después no recuerdo haber visto ningún bostezo.

El Nacional

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