Desde 1998, el mes de abril es el Mes de Prevención del Abuso Infantil en la República Dominicana, lo que debiera mover recursos de todo tipo para abordar tema y situación, porque aquí, la niñez no es prioridad aún, a pesar de tratados firmados y espacios de renombre.
Estadísticas de UNICEF, dicen que en América Latina alrededor de 6 millones de niños, niñas y adolescentes son objeto de agresiones severas y 80 mil mueren cada año por la violencia que se presenta al interior de la familia. En nuestro país, al menos 40% de los niños y niñas dominicanas han sufrido abuso físico, psicológico, sexual o múltiple en el contexto del hogar.
El maltrato infantil se define como acción, omisión o trato negligente, no accidental, que priva al niño y a la niña de sus derechos y su bienestar, que amenaza y/o interfiere su desarrollo físico, psíquico o social, por parte de personas, instituciones o la propia sociedad y también incluye las amenazas y/o el daño físico, psíquico y social.
Comenzando de este abril, significativo y patriótico unas veces y otras, dolorosamente recordado, el Estado dominicano, debe emprender acciones de apoyo a la población infantil y adolescente que vive en permanente peligro.
Los conceptos de valor en nuestra cultura, como la rigidez de modelos familiares asociados a la obediencia ciega y al castigo, suelen fundamentar una especie de normativa implícita que potencializa la agresión y el maltrato y como consecuencia, genera conductas violentas normalizadas en nombre del respeto, la hombría de bien y otras cuestiones.
Las calles dominicanas se llenan cada vez más de niños y niñas que se refugian en ellas porque en sus casas y entornos no existen afectos sanos que arropen su niñez y los esfuerzos realizados no logran cambiar esa realidad porque estamos atendiendo el problema, no siempre como se debe sino como se puede y no tenemos programas de prevención que vayan modificando tantas conductas peligrosas.
Las niñas son las más expuestas y las que más sufren en nuestra cultura, siendo muy fácil estigmatizarlas desde su más tierna infancia, por el abuso sexual, con incidencia frecuente de incesto, embarazos a destiempo y el riesgo grande de caer en explotación sexual y comercial Infantil, que incluye prostitución, trata y venta de niñas dentro y fuera del país.
Como familia y país, tendemos a rechazar a las niñas en prácticas sexuales a destiempo, marginándolas y determinando con desprecio que ya son mujeres.
Abril es un tiempo de reflexión, para recuperarlas y aprender a quererlas y cuidarlas.

