A propósito del proceso de vacunación, está sobre el tapete la discusión sobre si puede determinarse que la aplicación de la inyección sea obligatoria. De paso, diré que, si bien es cierto que los derechos fundamentales disfrutan, y es lógico que así sea, de amplia protección, eso no quiere decir que sean absolutos, es decir, pueden ser objeto de limitaciones. Lo trascendente es que no se trate de objeciones antojadizas, sino que, deben estar sustentadas en principios de legalidad y razonabilidad.
En el caso que nos ocupa, la legislación dominicana proporciona sustentos que podrían avalar una decisión de esa naturaleza, máxime ante una situación extrema como la pandemia del covid 19 y sus dramáticas repercusiones en la colectividad en los ámbitos sanitarios y económicos.
Resulta inadmisible tolerar que, por los criterios que sean, las actitudes de algunos coloquen en riesgo al conglomerado. Lo que queda claro es que antes de ordenar la obligatoriedad, el Estado tiene que dotarse de la posibilidad de responder a la demanda que eso va a desatar.
Pero ese no es el tema principal que me ocupa. Son las reacciones que he escuchado de muchas personas refiriéndose a quienes al parecer se obstinan en el error de no vacunarse.
No vacunarse es decisión personal
Son realmente agresivas, superficiales e incluso ofensivas, las imputaciones usadas para criticar a quienes asumen esa actitud, como si la misma no resultare absolutamente explicable a partir del contexto social, económico y cultural que ha prevalecido en la inmensa mayoría de quienes de esa forma proceden.
Lo anterior no ha sido elección personal y consciente de cada uno de ellos. Configurarse en los entes sociales que son, fue lo que el sistema en el que les ha tocado desarrollarse les permitió. Las excepciones no pasan de ser eso, casos aislados. En ese contexto, lejos de ser causantes de su conductas, ellas son el resultado de los factores que las determinan y eso, más que hacerlos responsables, los convierte en víctimas de sus propias tragedias.
De ahí que, considero que las críticas fundamentales deben recaer sobre quienes, a través de nuestra historia, han tenido la encomienda de trazar lineamientos estratégicos sobre los cuales debía estructurarse la sociedad dominicana para que su resultado fuese lo más calificado posible. Lejos de eso, han reiterado políticas públicas reproductoras del círculo vicioso de la pobreza, la cual, tiene múltiples formas no materiales de manifestarse, como la reticencia a llamados de la ciencia.
Por: Pedro P. Yermenos Forastieri
ppyermenos@gmail.com

