Una persona no es despreciable por lo que hace, sino por la actitud que asume después del hecho consumado. Todos, absolutamente todos, estamos expuestos a fallar, a cometer errores, e incluso a vernos involucrados en acciones reñidas con el ordenamiento legislativo.
La conducta a la cual nos aferramos con posterioridad al desliz, hace la diferencia. Negar lo evidente; asignar responsabilidades a otros para eludir nuestra participación; mostrar un ánimo festivo ante lo ocurrencia de una tragedia, constituyen pruebas de que lo sucedido, lejos de ser fruto del albur, es una respuesta natural de algo que se anida en nuestra naturaleza de forma inevitable y, siendo así, lo único que harán los acontecimientos es reiterarse una y otra vez.
Eso sucede con la dirigencia nacional. Lo más grave no es lo que hace, sino la forma en que intenta justificarlo. Asombra constatar cómo ante un cúmulo de actuaciones divorciadas de la ética, tiene el descaro de intentar recabar nuestra comprensión a partir de argumentos que ratifican su doblez.
El ejemplo más reciente es el del diputado acosador de menores y negador de los resultados que su abuso provoca. Lo que ha sucedido tiene, como todo en la vida, una multiplicidad de circunstancias que lo explican, pero su origen está en la aberración que supone que una persona de su condición esté seduciendo una adolescente. Es del adulto de quien habría que esperar que no propicie los sucesos que pueden desatarse sobre la base de un comportamiento de esa calaña ante un ser humano colocado en una situación de fragilidad.
Destapado el escándalo, la reacción ha sido la habitual, la que tienen los que huyen, por cobardes, de la asunción responsable de las consecuencias de sus actos. Para ellos, los hechos sólo existen si se descubren, y si se saben, tampoco existen porque se niegan o se explican de una forma cínica. Claro, este comportamiento abusivo se ejerce en desmedro de una contraparte vulnerable por su ubicación social y económica. La intrepidez no le alcanza ante sus iguales, por eso lanzan sus redes ante el mar cautivable de la marginación.
¿Que esta sociedad los avala con su respaldo en la urnas? Cierto. Nuestro deterioro es tan grande que hemos derivado en un conglomerado de cómplices, en el cual, al parecer, hemos concluído que el festín debe continuar. Después, sin saber cuándo ni cómo, encontraremos la manera de enfrentar la resaca. Qué pena.
