Árbol de Navidad, el aeropuerto se prende y apaga con cada avión que aterriza, cuando en la multitud alguien divisa el rostro de un ser amado. El de un amigo o amiga, el de la madre, el hermano, el abuelo, o la abuela, el del amante. Pájaros sobrevolando, liberadas, las manos se sueltan, y allá ondea el pañuelo y el saludo, la sonrisa que espero ocho, tres, catorce horas para anunciar ¡Aquí estoy! ¡He regresado!
Luces apagadas, la señora que limpia el baño no viajara nunca; tampoco el señor que recoge la basura, o la camarera del bar. Todos escuchan con atención los acentos, las ajenas lenguas. Observan los paquetes que se destapan para mostrar al acompañante demasiado atrapado por el celular.
Es lo más cerca que podrán aproximarse a los reportajes del National Geographic, a las sonrientes caras de los anuncios, a los bronceados cuerpos de los surfistas, alas esbeltas figuras que en bikini anuncian, se anuncian, portavoces de desconocidos paraísos.
A escondidas, Juana hurga en su bolsa de arroz mamposteao. Los langostinos, los camarones ¡un asco!, “una mentira para tontos que no gustan de cocinar en casa”. El rubio brillante “un tinte”; la piel bronceada “un fotoshop”.
Con unas y dientes la pobreza se defiende.
Juanita la espera en casa. Soñolienta, calientica, amorosa. Su niña que aún no distingue entre su piscinita en el patio y el mar de las Bahamas.
En su morada, su Juan, retornando de su recorrido por todas las terminales, excepto la que lo conduce a casa.
Todas arribando al mundo de quienes pueden escapar de sus bordes, por un precio razonable, claro está, aunque luego haya que pagar la ilusión a plazos mensuales.
Juan es su continente. Juanita su único mar.
¿Los aviones?
“Pájaros de hojalata”.
“¡Mal agüero!”
¿Quién los necesita en las montañas del Cibao?
¿En los Sures de Barahona?
¿En Cayei o Aibonito?
Árbol de Navidad, el aeropuerto se enciende con cada avión que arriba, con cada ilusión de territorios por conquistar, o conquistados, mientras apegados al brillo del piso, unos ojos ven en el mosaico encerado la libertad condicional de las multitudes en tránsito.
Cada uno, o una, con su historia a cuestas; cada uno y una con sus tragedias cotidianas; cada uno y una escapando la inapelable cita con el tiempo, la juventud perdida, lo que pudo ser y no fue, o fue y no era.
El ser humano en su inmensa vastedad. Libro abierto donde los aeropuertos son ventanas, espacio que se detiene y nos urge a pensar, a reflexionar, y a añorar eso que llamamos casa, y nada tiene que ver con una dirección postal.

