Opinión

Agenda Global

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A finales de los años 90, cuando realizaba estudios de Derecho Internacional Económico en París, participé, junto a un grupo de abogados y economistas que vinieron de Santo Domingo, en un curso en el Instituto Internacional de Administración Pública, IIAP, prestigioso centro de estudios adscrito a la oficina del Primer Ministro francés. “Balance y puesta en marcha de la Convención de Lomé IV” fue el novedoso tema a tratar. Allí, durante todo un mes, profesionales y jóvenes funcionarios haitianos y dominicanos recibimos valiosas enseñanzas sobre el esquema de cooperación norte-sur (Unión Europea, UE y los países de África, Caribe y Pacífico, ACP) más solidario hacia un grupo de naciones en vías de desarrollo.

Haití y la República Dominicana venían, en el 1989, de ingresar a Lomé IV y tenía toda la lógica que los nacionales de estas naciones recibieran el mayor cupo en este importante curso en el IIAP. Al final, fue consenso que haitianos y dominicanos habíamos logrado un primer esfuerzo, de carácter académico, para acercar nuestras naciones con el interés común de presentar proyectos conjuntos a la cooperación europea.

Luego de la formación académica recibida, el grupo regresó al país y nos integramos a la recién creada Oficina de Lomé IV, órgano que administraba los fondos europeos y que encabezaba entonces el competente funcionario y buen amigo Roberto Martínez Villanueva, quien hoy se desempeña como secretario ejecutivo de la Comisión Mixta Bilateral RD-Haití. 

Para uno de los estudiosos más lúcidos de las relaciones domínico-haitianas, actual eficiente y honorable embajador del país en Puerto Príncipe, el querido mentor y amigo don Rubén Silié: “La participación de ambos paíse dentro del Convenio de Lomé IV sirvió de marco internacional para que ambos Estados trataran de cambiar el perfil de sus relaciones, pasando a coordinar acciones para aprovechar conjuntamente la cooperación…”.

En este estudio del 2005, el embajador Silié concluyó que “La modificación de las relaciones interestatales se efectuaba esencialmente en el contexto de las relaciones internacionales” y que, de “vecinos indiferentes” que habían sido, “ambos Estados iniciaron una lenta marcha para encontrar un nuevo esquema que orientara sus relaciones a tono con el nuevo orden internacional y en función de los cambios políticos internos”.

Sin embargo, en el frente aldeano, los políticos, funcionarios y comunicadores que han abogado por la “no relación” con Haití, argumentando que esta nación es “única responsabilidad” de la comunidad internacional, siempre refieren a los vecinos como “el problema haitiano”, en desmedro del fortalecimiento de las relaciones diplomáticas, migratorias, comerciales y de toda índole que, como manda el derecho internacional, la integración regional y el entorno global, deberían darse entre las naciones del planeta, con más intensidad entre las limítrofes. 

Por ello son trascendentes las recientes declaraciones del director de Información y Prensa de la Presidencia, el destacado comunicador y buen amigo Roberto Rodríguez Marchena, en el sentido de que para el Gobierno “Haití no es un problema y la migración tampoco es un problema, es un fenómeno”. Y añadió que el presidente Medina tiene “una aproximación humanista hacia el fenómeno haitiano”, la que  implica no “problematizar” la relación bilateral, como debe ser si queremos este “matrimonio sin divorcio”.

El Nacional

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