Opinión

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La anterior entrega se dispuso a compartir con la amable lectoría mis impresiones y versos preferidos de la obra “Lenguaje del mar” del laureado poeta José Mármol, Premio Casa de América de Poesía Americana 2012. La de principios de 2013 también va en la misma tesitura porque, confieso, la anterior quedó inconclusa y es que también soy un asiduo “mirón” del paisaje y de la gente en la playa de Juan Dolio.

Allí, como lo sabe, dice y celebra el poeta, en “el inmenso irrepetible” no todo lo sensorial es admirar cuerpos esbeltos expuestos a la luz brillante del sol azul. Que también los placeres culinarios y las libaciones integran esa fiesta sibarita, como en “Una sola cosa”: “Redondas, crujientes las bolas sin harina de tibio queso tierno al aplayecer. Un diminuto pincho de camarones criollos a la brasa y nada más”. 

En “Lenguaje del mar”, poema que da título al libro, el poeta insiste en estos otros placeres que se disfrutan en “El mar tuyo, el mar nuestro, el de los acantilados feroces y las playas de luz, el de las bolitas de queso crujientes, calamares en su tinta, vodka tónica con chapas de limón”.

Sin embargo, el poeta que degusta manjares también poetiza la difícil supervivencia humana en estos tiempos tremendos. En “Ha llovido” lanza un doloroso quejido: “Vivir es un milagro en estos días aciagos. Vivir: pedir limosna de serenidad y ruego / al predominio bárbaro del yo, la insensatez. La vida, casi nada, discurre lenta y nula, mientras los hombres creen agotarla en sus delirios”.

En el plano local y en el poema “Agosto 22”, Mármol destina en el huracán Irene la esperanza para cambiar un crítico y lamentable estado de cosas: “La nación sigue presa de rufianes y farsantes; en la tele resucitan los payasos del poder. Esperábamos la fuerza vital del huracán. Estas ráfagas tenían un aire de salvación.”

En “Cíclopes y Lestrigones” el poeta reflexiona sobre la deidad: “Y Dios, en quién ha de creer más allá de su grandeza. A quién le temerá si llovizna a esta hora. A quién grita socorro si la inmensidad flaquea… A quién ilumina el esplendor de Dios. Si criatura no queda entre nubes y suelo. Amanece de nuevo sobre el rumor del mar / y Dios, entre ola y ola, espera sin sosiego la próxima jugada maestra del azar”.

De los poemas de amor carnal prefiero “Agravio”, donde “Una mujer esconde, en sus adentros, un miedo a los trapecios, a las simas, los caminos, una fiera salvaje que domesticar…/ Una mujer cultiva su orgullo, su altivez / y se desliza en yagua por su monte de Venus. Tantos besos que apurar, tanto amor mío dicho, para conocernos menos y despedazarnos más”.

He compartido mi muestra personal de este  último y galardonado libro de poemas de José Mármol. Les aseguro que, como a mí, sus versos le harán mucho bien a la gente que los lea. Y, como concluye el poema “Caracola”, también deseo “Que de mi tumba techo el Mar Caribe sea / y mi epitafio un dejo del viento en sus arenas”.

El Nacional

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