Opinión

¡Ah!, la sociedad

¡Ah!, la sociedad

Rafael R. Ramírez Ferreira
Mayor General, E.N. (DEM)
“Cada final en la historia contiene
un nuevo comienzo: este comienzo
es la promesa”.
Hannh Arendt.

En ocasiones, desde mi poltrona, acompañado por el silencio, forzado a librar una fiera batalla contra el estrés y la aburrida soledad, para tratar de permanecer presente en esta vida,  recuerdo el famoso y cobarde acto del avestruz, que esconde la cabeza en el primer hoyo que encuentra cuando presiente el peligro.

De igual manera percibo el comportando de la sociedad, la cual ante la previsible degradación de valores no hizo nada. Dejó que reinaran olímpicamente la indiferencia y el mutismo, dos cualidades propias de la criminal complicidad. A las puertas de la manifiesta invasión de culturas extrañas a nuestro tradicional modo de vida, celebramos como bueno y valido esos adefesios de modas y costumbres carcelarias, para ahora estar como Diógenes con una linterna, no buscando un hombre serio y honesto, sino, por el contrario, tratando de divisar culpables preferidos, sin aceptar jamás su culpabilidad por la barbarie en que vivimos como conglomerado social.

El tema viene como anillo al dedo, hoy que nuestras vapuleadas instituciones se tambalean al compás de la brisa de los nuevos tiempos. Sin embargo, como expresé la semana anterior -sin que las menciones sean limitativas-, si bien es cierto que donde quiera se cuecen habas, creemos que las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica son dos de las columnas resistentes sobre las cuales se puede apoyar la regeneración del país, obviando, por supuesto, su participación en el proselitismo y el ejercicio de la política, pues para eso están los partidos del sistema democrático.

Los miembros de nuestras instituciones castrenses provienen en su mayoría de las capas más humildes de la sociedad, y el hecho de que alguno obre mal e infrinja las leyes, no quiere decir que la institución a la cual pertenece esté corrompida, como propalan a los cuatro vientos algunas aves de mal agüero. Si la lucha por la redención de la Patria la hemos de echar todos juntos, civiles y militares, no hay que echar en saco roto esta sentencia que alguien súper autorizado sostuvo hace muchas décadas: “El soldado es al pueblo como el agua lo es al pez”.

A fin de cuentas, ¿no es cierto que todos los humanos somos pecadores?. Entonces, no es justo que muchos pretendan enlodar a los soldados del país como si no se tuviera en cuenta que en el caso dominicano ya ellos no responden al perfil que como queja brotó de la inspiración del ingenioso poeta Nicolás Guillen, estampada en estos versos: “Si yo soy tú, y tú eres yo, ¿de donde sacas tú soldado que te odio yo?”. Pues es también una verdad sin mentís posible el hecho de que entre el soldado dominicano y su pueblo se está produciendo un matrimonio indisoluble, bendecido por la mano de Dios, que nada ni nadie podrá deshacer.

Mientras tanto, todas las circunstancias dan a entender, como que se habría llegado a cabo un pacto secreto y absurdo de toda la sociedad para abjurar de los principios que regían nuestra comunidad, nuestro comportamiento cívico. Desechamos a las personas de valor para alabar la mediocridad, las indelicadezas y por igual ocurre con las instituciones. Es como si nuestra sociedad hubiese hecho el juramento de la Omertá, para proteger en su seno todo tipo de perversidad y pretender con palabrerías cursis, vacías e hipócritas de defenderse ante la cada día menos ocultable decadencia moral que padecemos.

Es como si aquella vieja definición del conjunto de individuos que comparten fines, conductas y cultura, y que se relacionan interactuando entre sí, cooperativamente, haya pasado a otra etapa de nuestra historia, cuya degradación paulatina está siendo reemplazada por un circo, en cuyo redondel cohabitan los seres humanos junto a las fieras.

En esta materia, obligatoriamente tenemos que referirnos a Idelfonso Finol y su concepto sobre el hombre intrigante, ese bicho asqueroso que cual termita va carcomiendo por dentro la madera, de la cual al final sólo queda un cascaron inservible, podrido e inútil, muy parecido a esta sociedad, en cuyo seno casi no existen estamentos que puedan, con vergüenza y responsabilidad, decir que su armazón no está contaminado; claro, unas más, otras menos.

Estos bichos perniciosos, llámense como se llamen, sin importar la profesión, pueden incluso llegar a inmundas componendas. El arribista, el intrigante, el envidioso, el resentido, el acomplejado, pueden formar alianzas circunstanciales para atacar a alguien a quien consideran blanco para impactarle con sus miserias. Esos engendros serían capaces de todo por dañar a las víctimas de sus obsesiones. Destilarán veneno por donde anden y harán infértil cuanto pisen con sus plantas grotescas.

Nietzsche expuso que lo teológico y político de una operación reside en la voluntad de humanización del reverso, de la otra parte de la vida que no conocemos, pero que dejará de preocuparnos a partir del momento que reconozcamos que nada en esta tierra es eterno, que en cuanto a finitud radical somos el lado nocturno de todas las cosas, ya que, en definitiva, hay siempre algo más fuerte que el hombre.

Tenemos que revalorizar a la luz de la razón nuestra herencia cultural, ética y moral si queremos salvar a esta sociedad del peligro de hundirse cada día más en la degradación. Debemos incentivar en grado extremo la posibilidad siempre presente de armonizar entre nuestra herencia cultural y las nuevas expresiones que nos han penetrado, buscando esa unidad humanística que nos aglutine como un buen producto social.

Nos centramos en pequeñeces mientras ex profeso ignoramos las grandes amenazas a nuestra sociedad, quizás por miedo o sabrá Dios porqué, pero de que somos especialistas para argumentar y justificar nuestra dejadez -por no decir otra cosa-, de eso no hay duda alguna. Todas las indelicadezas, tropelías, engaños, abusos y cuantos males sea posible defender, nos revestimos de entereza para por medio de discursos engañosos, justificar hasta la saciedad toda la podredumbre que nos entorpece no sólo el olfato, sino nuestra propia condición moral de vida.

Mientras tanto, continuamos impertérritos elevando a categoría de héroe, señor o Don a cualquier cosa, cuyo único y principal requisito sea poseer dinero y todo lo pasado ahí mismo se queda, en el olvido, en el pasado que todo pretendidamente borra, y después nos estamos quejando de lo que acontece en el interior de nuestra sociedad. ¿Hipocresía?.

Sin embargo, como dice el sabio refrán que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, esta sociedad tendrá que sacudirse y volver a la senda de la moralidad y la decencia, porque más tarde o más temprano todo se expondrá a la luz para su purificación, sin importar el tiempo transcurrido, tal como le atribuye el filoso Diógenes Laercio que dijera el llamado padre de la filosofía, Tales de Mileto: “Lo más sabio es el tiempo, porque esclarece todo”. O, como leemos en otra gran obra literaria, impondrá sus fueros “…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

Podemos y tenemos que fortalecer y forjar ya una mejor y moral sociedad. ¿Se oye o no se oye?. ¿O fue que aprendimos a leer los libros al revés?. De todas maneras, quien esté libre de culpas que tire la primera piedra. Así es y así será por siempre. ¡Sí señor!.-

E-mail: rafaelpiloto1@hotmail.com

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