Opinión

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Horacio y Desiderio

                             En 1930, según lo contaba él mismo, Papá echó a una letrina su carnet del Partido Nacional y un revólver que tenía. Y guardó silencio hasta el ajusticiamiento del tirano Trujillo el 30 de Mayo de 1961.

 Aunque citaba las frases con una sonrisa, era de los que creía: “Horacio es la virgen de la Altagracia con chiva” y de los que más de una vez proclamó: “Horacio, o que entre el mar”.

 Era un “rabú” radical y el término “bolo”, en su voz, sonaba con la connotación de una malapalabra y de una maldición. “Bolo pataprieta” eran la misma malapalabra e igual maldición aunque algo menos.

 Quizá por eso el nombre, la figura y la leyenda del general Desiderio Arias pudo colarse en mis afanes históricos aunque me cuidé de discutirlo con Papá. Después de todo, si estaba con él en el horacismo, ¿por qué disgustarlo con esa “desviación pequeño bola”?

 Durante muchos años, el país dividió sus simpatías entre el general y político Horacio Vásquez, de Estancia Nueva, Moca, y el empresario y político Juan Isidro Jimenes, de Santo Domingo pero con “base” en Montecristi, donde tenía la sede de su principal negocio de importación y exportación.

 Vásquez era un demócrata, adelantado para su época, y si recurrió a las armas fue porque en esos tiempos había que ser general montonero para tener nombre y seguidores.

 Por varias ocasiones fue presidente de la República pero su consagración como político la alcanzó en 1924, al terminar la ocupación militar norteamericana que empezó en 1916, cuando barrió en las urnas al candidato Francisco J. Peynado.

 Vásquez era el candidato popular y Peynado, que no era el heredero político de Jimenes,  el de los sectores elitistas de la sociedad. La gente “de primera” y muchos intelectuales no se explicaron cómo un general de la montonera pudo vencer a un profesional de principalía social y muy holgada situación económica.

 Quizá el general Arias, en su reducto de la Línea Noroeste, por “bolo”, aunque “bolo pataprieta”, no manifestó apoyo público por la candidatura de su adversario histórico pero, seguro, tampoco por la del rico y aristocrático abogado de la capital.

 Aunque en 1928, al cumplir su cuadrienio de gobierno, Vásquez tenía 43 años, era edad más que suficiente de acuerdo al promedio de vida de entonces. Además, estaba enfermo y tuvo que ser operado en Baltimore, Estados Unidos, antes de lanzarse a la aventura de la prolongación de su mandato 1928-1930.

 Sólo sobrevivió seis años a la tiranía de Rafael Trujillo que inició en 1930. Cinco años antes, el general Arias encabezaba la última insurrección de un general de la montonera contra el despotismo naciente.

 Supongo que haber caído en lucha semejante lo reivindicó a los ojos de Papá.

El Nacional

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