Opinión

Al día

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Una estatua y un poema

“Uno de tantos…, 1903, de Abelardo Rodríguez Urdaneta, de Santo Domingo.

 “A los héroes sin nombre”, 1916, de Federico Bermúdez, de San Pedro de Macorís.

 Utilizaba sólo el “Abelardo”. Era también pintor y fotógrafo. Nació en 1870 y murió en 1933.

 Pintó el tríptico con el asesinato del presidente Ramón Cáceres, perpetrado el 19 de noviembre de 1911 y después, para que otras personas pudieran tener “algo” de los cuadros, hizo una serie de cien fotografías de cada una de las tres partes.

 Bermúdez reunió un grupo de sus poemas en 1916 y los publicó bajo el título de “Los humildes”. Entre ellos, “A los héroes sin nombre”.

 Con trece años de diferencia, el escultor y el poeta coincidieron en el trato de un tema que para entonces resultaba difícil.

 Tanto Abelardo como Bermúdez quisieron materializar el criterio de que, de todas las batallas y guerras de la historia de la humanidad, el héroe máximo es siempre el pueblo. El pueblo sin nombre. El pueblo desconocido.

 Muchísimos años después, naciones civilizadas como Francia y la Unión Soviética erigieron sus tumbas monumentales al “soldado desconocido”, para reproducir los mensajes que tiempo habían transmitido en el Santo Domingo de principios del sigloveinte  un pintor y un poeta.

 “Uno de tantos…” es el pueblo combatiente, herido ya, recostado sobre el codo del brazo donde lleva el Remington, ese “viejo signo de patria”, canto con el cual y tiempo largo después se labró un puesto de inmortalidad el poeta mocano Octavio Guzmán Carretero.

 “A los héroes sin nombre” no deja tanto a la imaginación. Palabras y símbolos y metáforas. Habría que escribir demasiado para describir la epopeya que la poesía permite sintetizar en unos cuantos versos.

 “Vosotros, los humildes / los del montón salidos…”, canta Bermúdez a la gloria de un pueblo que la injusticia de los hombres deja sólo en los laureles de los capitanes.

 El de la escultura de Abelardo y el del poema de Bemúdez son el mismo mensaje y cantan la misma gloria de los gloriosos pueblos cuyos nombres, desconocidos, no son mencionados entre los héroes de las batallas y de las guerras, que sólo proyectan los de los capitanes .

 Ambos son un homenaje al colectivo, a la mayoría que se sacrifica sin siquiera la esperanza de ver su nombre trascender a la muerte en una página de la crónica presente o de la historia porvenir.  

Un escultor y un poeta, nacidos los dos a finales del siglo antepasado y fallecidos a principios del pasado dejaron para todas las generaciones venideras, nacionales y del mundo, el canto de gloria de un pueblo que, en la lucha por la libertad y la justicia, lo primero que sacrifica es la individualidad de sus nombres.

El Nacional

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