Nunca tan oscurantista
Siglos de prédica oscurantista llevan a los pueblos a los que se impuso la religión católica a aceptar como un don de dios la cantidad de hijos de cada pareja o mujer.
Se dice que los niños nacen con su pan bajo el brazo y no hay mentira mayor. El pan lo gana el ser humano con el sudor de su frente y más bocas qué alimentar se traduce en hambre e indigencia para las que también condiciona la fe a mujeres, hombres y niños con aquello de que más fácil pasa un camello por el ojo de una aguja que un rico entra al reino de los cielos.
El paraíso de la otra vida está destinado a los pobres que se resignan de manera total y sin reclamo y que por ello son bienaventurados. Esta oración es una filosofía y práctica para pobres escrita e impuesta como ley por la Iglesia Católica y los ricos y poderosos de la tierra.
Todo está resuelto en esa otra vida a la que el pobre llega por desnutrición, por enfermedades sin medicamentos y la angustia permanente de una vida de trabajo en la indigencia o sus linderos.
Allí habría salarios justos, atención médica y medicina, vivienda decente, escuela para los muchachos, transporte, seguridad social y ropa y felicidad pero ¿qué necesita el espíritu? ¿Qué necesitaría el alma, lo que según las religiones sobrevive a la muerte del ser humano?
Desde no hace tanto tiempo, mucha de la gente del pueblo que aún acepta el catolicismo tradicional de sus padres y abuelos empieza a entender que sus necesidades deben ser satisfechas en el reino de este mundo y no en un lugar de la nada al que sólo tendría derecho después de muerta.
¿Para qué trabajo y pago justos, para qué pan y medicamentos y salud, para qué transporte, educación, seguridad social y diversiones después del tránsito de lo material a lo inmaterial?
Mientras el ser humano acepte que su obediencia al abuso permanente del poder de la riqueza y la política es su único camino para ganar el cielo, esa otra vida se mantendrá como el principal de sus enemigos, el que han construído con siglos de opresión y oscurantismo sus verdaderos enemigos.
Aceptar los hijos que dios me dé y creer que cada niño nace con su pan bajo el brazo son las bases de la esclavitud popular que prohibe pensar, amar la libertad, la solidaridad y la justicia y luchar por ellas.
La posición de la Iglesia Católica contra el aborto incluído el terapéutico-, el control de la natalidad y el uso de anticonceptivos constituye el remanente retrógrado y oscurantista de dominio que hace tiempo, mucho, dejó de ser espiritual para aliarse con el poder terrenal de la opresión.

