Opinión

Al día

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Crecí en un hogar donde con reverencia y cariño se recordaba siempre los nombres de Doña Trina y Don Horacio.

 En el orden político, la familia era horacista e, integrada por gente de sensibilidad, respetuosa y amante del arte.

 En particular mi mamá, en realidad mi abuela, creía en “la aristocracia del talento” y escuché muchas veces de sus labios esa como sentencia inapelable.

 Antes de escucharlo y cantarlo en los cursos de la primaria, lo escuché de la familia.

 Era un himno de las madres al que no sobraba ni faltaba un punto ni una coma.

 Y una antología del amor y de la ternura del ser que, como repetiría el escritor Juan Bosch, es “la mitad del mundo y la madre de la otra mitad”.

 La tiranía no pudo eliminar del alma y del aula dominicanos el himno de las madres que el alma y el aula habían hecho suyos.

 Doña Trina nació en La Vega, el 14 de enero de 1863, en los albores de la Guerra de la Restauración, y murió en Santurce, Puerto Rico, el 25 de febrero de 1941.

 Contaba 78 años

 Cinco años antes había muerto su esposo, Felipe Horacio, quien nació en Estancia Nueva, Moca, en octubre de 1860 y murió en Tamboril, en 1936, a los 76 años y después de haber sido presidente de la República por dos ocasiones.

 Vásquez, un general montonero, fue de las pocas excepciones como tal porque tenía escuela -sabía leer y escribir-, era buen lector y, aparte de su sagacidad política natural, había formado lo que para el momento era una considerable cultura.

 Incapaz para la política de la trapisonda y la trapacería, fue traicionado en 1930 por el general Rafael Trujillo, una hechura de la invasión y ocupación militares de Estados Unidos de 1916 a 1924, quien instaló una tiranía por los siguientes 31 años.

 En la aventura, Trujillo fue acompañado por el político santiaguense Rafael Estrella, quien se ilusionó con la idea de que podía utilizar al militar para quedarse con el poder y poco tiempo después caería víctima de la misma maquinación pero en sentido contrario.

 Doña Trina fue una primera dama legendaria cuyo legado a los dominicanos de esas y de todas las generaciones por venir ha sido el Himno de las Madres, de tradición en el hogar y la escuela dominicanos.

 Un factor que enaltece la obra de la esposa del general Vásquez es el hecho de que, a pesar de no haber podido ser madre, encontró en el dolor y la angustia de la infertilidad de la pareja la magia para escribir su canto inmortal a la maternidad del mundo.

 Una comunidad de Moca lleva su nombre.

El Nacional

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