Cuarentiocho años después del acontecimiento, el antitrujillista cuenta lo que vivió en la cámara de torturas de La Cuarenta y en la cárcel de La Victoria durante largos meses de 1960.
Ya se había graduado de abogado nació en 1931- cuando junto a hermanos, primos y amigos cayó en las prisiones del tirano Rafael Trujillo.
Tal y como lo dice el escritor Manuel Mora Serrano en el prólogo de Mi paso por La 40, Bonnelly Valverde no asume roles de escritor ni historiador. Su relato se lee y da la impresión de escucharlo de una mecedora a otra, cualquier tarde de cualquier estación. Las amarguras de aquella época, la turbulencia de las posteriores ni los 78 años que lleva a cuestas habrían hecho de él un hombre amargado y malicioso.
La narración debió ser, años antes, un óleo de perfiles definidos y colores marcados pero el autor lo dejó para una acuarela en la que el tiempo al pasar se llevó líneas y tonos vivos.
Ingenuo, casi infantil, Mi paso por la 40 no utiliza recurso alguno de la literatura ni de la intención política para hacer más dramáticos y tristes los episodios que narra.
Sobrino del licenciado Rafael F. Bonnelly hermano menor de su padre-, Fredy dedica la última parte de su libro a narrar el episodio en que al tío, abogado y político, le tocó la presidencia del Consejo de Estado, entre 1962 y 1963.
Pero con la sinceridad de advertir que hace ese relato, que lo involucra junto a su familia, de acuerdo a los testimonios de los mayores y de los contemporáneos, siempre en ese ámbito.
No elabora mayores juicios de valor contra el tirano Rafael Trujilo ni contra el neotrujillista por excelencia, Joaquín Balaguer, quien desde el ajusticiamiento del tirano hizo lo posible y lo imposible por quedarse en el poder. Sólo los pone en su lugar.
Se trata del testimonio de un antitrujillista, víctima en La Cuarenta, en La Victoria y en Santo Domingo del ahogamiento físico y moral a que sometía la tiranía a los ciudadanos, a los que tenían la sensibilidad de darse cuenta y a los que la ignorancia les hacía imperceptible ese dolor.
Con índice onomástico pero sin bibliografía, a tomar en cuenta para la crítica es que Bonnelly Valverde no puso el necesario cuidado al citar completos los nombres de compañeros y de sicarios civiles y militares del trujillismo. Mi paso por La 40 es un documento para la historia y resultaba fácil verificar y comprobar la corrección de esos nombres.
Por todo lo demás, una lectura fácil, por la sencillez de su estilo y la ingenuidad del temperamento de un ser humano al que los avatares de su prisión, de catorce años de exilio y de un regreso a la tierra donde la democracia no ha logrado sentar sus reales, no han logrado sembrar suspicacia, descreimiento ni el escepticismo que sí expresan muchos de sus compañeros y contemporáneos.
(Editora Mediabyte, 237 páginas, 2009).

