Opinión

AL DÍA

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Eran los días en que no había decidido presentarse, lo que era el deseo del presidente y jefe de su partido, como candidata a senadora por el Distrito.

 La encontré en la puesta en circulación de un libro en el auditorio de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra.

 Saludaba, serena y ecuánime, a viejos amigos y conocidos –grupo, éste, en el que me encontraba. Dedicó sin prisa un momento a cada uno.

 Volví a encontrarla la semana siguiente, otra puesta en circulación en el auditorio Pedro Mir de la Biblioteca de la Universidad Autónoma, y era otra persona.

 Había decidido días antes aceptar la candidatura por la cúpula del Partido Revolucionario.

 Sin más que cinco segundos para viejos amigos y conocidos, había perdido toda la serenidad y la ecuanimidad de su apariencia normal. Era presa del secuestro de su personalidad apacible. Lucía presa del frenesí triunfalista del común de los candidatos que van a las elecciones a ganar o a denunciar un fraude.

 Milagros Ortiz Bosch, contra la opinión de mucha de la gente de su “inner circle”, aceptó la candidatura y había hecho campaña, forzada a comparecer en público con candidatos que la desmeritaron.

 Perdió.

 Desde los primeros boletines de la Junta Central Electoral, declaró que no se consideraba perdedora sino lo contrario.

 De poco había servido el ejemplo latinoamericano de Michelle Bachelet, de Chile, quien con una mayoría de los electores a su favor decidió respetar la alternabilidad constitucional y permitió que otro fuera el candidato a la Presidencia.

 Si bien es cierto que Ortiz Bosch no ha acudido al desacreditado expediente del “fraude”, para lo que también prepara el frenesí triunfalista precedente, no aceptó el triunfo de su contrario y se proclamó “ganadora”.

 ¿Ganadora de qué?

 Si aceptaba la derrota, lo menos que tendría era que anunciar su retiro de la política, por razones de edad y de experiencia acumulada, y quedar como figura simbólica del Partido Revolucionario.

 Pero no.

 Al declararse “ganadora” y no reconocer la victoria de su oponente, el senador Reinaldo Pared Pérez, entiende ella haber quedado en reserva para otra candidatura vicepresidencial o para ocupar algún ministerio en el muy supuesto caso de que su partido ganara las elecciones de 2012.

 Y como en el país “todo pasa, hasta la ciruela pasa”, nadie recordará el frenesí triunfalista de la campaña de Ortiz Bosch ni que perdió el 16 de mayo pasado. En pocos meses más, volverá a ser enarbolada como “figura emblemática” del PRD y potencial candidata a cualesquiera de las dos posiciones electivas que se ofrecerá en 2012.

El Nacional

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