Opinión

Al día

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El del presidente Fernández parecería ser un caso de patología del poder.  Mucha de la gente que llega a la Presidencia termina víctima de una autoconcepción mesiánica y empieza a verse a sí misma como predestinada y única para la función.

 Lo que conlleva al desprecio de las masas y clase media aunque no así del sector dominante porque quien manda, quien por la misma patología, pudiera no encontrar asidero cultural para sentirse más que servidor.

 (Ejemplos de esto último, en los cincuenta años que van del ajusticiamiento del tirano Rafael Trujillo a estos días: Joaquín Balaguer, neotrujillista y  déspota ilustrado al estilo clásico y el presidente Fernández.

 (El del presidente Hipólito Mejía, “atípico” en ese aspecto, se quedó sólo en la autoconcepción mesiánica que lo llevó a renegar de los principios de su partido y a reformar la Constitución para poder repostularse).

 Pero el presidente Fernández añade nuevos síntomas al síndrome de la patología del poder.

 La sicología y la siquiatría, en los casos de gente del común, estudia esas condiciones en las que el individuo se aísla de los demás, niega la realidad que lo circunda y se encierra en un automundo.

 Así, la razón y la lógica circundantes pierden toda importancia y sólo vale lo que el Presidente se da como razón y como lógica, fruto de sus disquisiciones intelectualoides y de su conceptualización de los asuntos del gobierno.

 Contribuye con la creación de estos síntomas el hecho de que el presidente Fernández se rodea desde 1996 de un mismo equipo de usufructuarios que trocan la imagen religiosa de dios con la que crecieron por la del caudillo que los sacó de la nada y los llevó al todo, que los extrajo de la pobreza extrema y los puso en la riqueza sin cálculo.

 El coro de esos aduladores usufructuarios no puede ser otro que el integrado por las jaculatorias y oraciones de cada uno y de todos, lo que, junto al ejercicio sin discusión del poder, forma parte del narcótico que le crea al Presidente el ensueño patológico en que se mueve.

 Ahora, bien.

 Para disponer de ese poder sin límite y de ese caudillismo que avasalla en su partido y en la sociedad el Presidente utiliza a su conveniencia y modo  manera los recursos del poder.

 Es –y ahí copia de la tradicionalidad de Balaguer-, el supremo repartidor de los “panes y los peces” del poder y, como tal, crea y fomenta un círculo clientelista que en el partido y en gran parte de la sociedad hacían indiscutible su poder y el continuismo de ese poder.

 

El Nacional

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