Opinión

Al día

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En días pasados, una persona preguntó a uno de los supuestos “ghost writer” de “Angelita” Trujillo acerca de la veracidad de esa afirmación.

 “Sí y no”, le respondió el neotrujillista.

 Y explicó que el trabajo que él había ayudado a “investigar” y a redactar había sido alterado para agregarle informaciones que no tenían sustentación.

 Y que él, en un encuentro en Miami con el esposo de “Angelita”, Luis José Domínguez, le advirtió que incluir esas informaciones sin pruebas acarrearía hasta problemas judiciales al libro y a su “autora”.

 Pero ¿hasta dónde “sí” y hasta dónde “no”?

 Por supuesto, el escritor de marras trató de apropiarse del mérito literario que pudiera tener el libro que firmó “Angelita” pero limpiarse de la responsabilidad por la sarta de calumnias y de difamaciones que contiene.

 De esa misma perversa manera, cómplices trujillistas civiles y militares de los que se atrevieron a decir algo después de 1961, inútil explicación, no justificación, alegaron que participaban en la administración de la tiranía pero que no tuvieron nada que ver con sus crímenes –asesinatos, extorsiones, despojos y todo el expediente de aberraciones de Rafael Trujillo y su régimen de 31 años.

 ¿Pensaban esos trujillistas civiles y militares que Trujillo encabezaba un gobierno democrático, de justicia social y de respeto a los derechos humanos?

 No. Ese rasgo de ingenuidad, rayano en la imbecilidad o en el cretinismo, no se da en ninguno de ellos.  

 Los trujillistas civiles y militares que estuvieron con la tiranía por todo ese tiempo –casos de Joaquín Balaguer, Virgilio Álvarez Pina, Paíno Pichardo, José Estrella, Rafael (“Fello”) Vidal y una larga lista de compartes-, fueron todos cómplices de los crímenes de Trujillo. Cómplices a conciencia y, más, enriquecidos con el latrocinio y la injusticia que caracterizaron a la tiranía.

 En ese mismo caballo quiso montarse el neotrujillista de marras que sirvió como escritor fantasma al libro “de” “Angelita”.

 “Sí y no”, respondió, de la misma forma que los trujillistas civiles y militares trataban de quitarse la responsabilidad por los crímenes y el latrocinio de la tiranía de Trujillo de los que en realidad eran cómplices concientes, y beneficiarios.

 De esos trujillistas, algunos quisieron reclamar la gloria de haber “salvado” a uno o dos antitrujillistas perseguidos y contra los que se había dado orden de muerte. Quizá esa fue una manera de “curarse” en salud o, mejor, de tratar conservar la vida de familiares y amigos muy cercanos.

 Aunque la mayoría se decidía por el “repudio”, que consistía en negar al familiar involucrado y condenar su actividad antitrujillista.

El Nacional

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