No ser negro
El prejuicio y la discriminación raciales entre los dominicanos están tan arraigados que son parte de su idiosincrasia.
Desde los refranes que denigran al negro y a lo negro hasta el uso de todo tipo de recurso para blanquear, el dominicano no acepta ser y se niega a ser negro.
Lo africano y el africano no son aceptados como integrantes de la cultura nacional.
Quizá la más arraigada tendencia histórica de esta comunidad sea la del antihaitianismo, no por cuestiones de identidad y nacionalidad sino porque los haitianos son negros.
El dominicano blande su ancestro y cultura hispánicos con la contumacia y terquedad con las que debería defender y no defiende la autenticidad de su integración racial, étnica, cultural de negros y blancos.
Desde tiempos inmemoriales, las y los habitantes del país utilizan cremas blanqueadoras en la cara. Muchos consiguen allí un negro desteñido. Pero es lo que se ve.
Y ahora, unificada la mentalidad como resultado del imperio absoluto de la cultura norteamericana en el mundo, el pelo de mujeres y hombres debe ser lacio.
El pelo crespo no es ya parte de la naturaleza de un ser humano sino una vergüenza.
De ahí que, en los sectores más pobres que es donde por división de ingresos y vida colectiva hay mayor proporción de negros, se vea a tantas y tantas mujeres con el pelo procesado y teñido de los más inimaginables colores. Buscan no aparentar su realidad de negras y mestizas. Buscan evitar esa vergüenza para caer en el ridículo de un pelo que se alisa, es cierto, pero que por su textura toma la forma de un casco de acero que no se mueve ni con la brisa de un ciclón.
También en cuanto a eso las mujeres negras y mestizas de familias ricas tienen los recursos para pagar dos o tres mil pesos cada semana para aplicarse un procesado que casi-casi logra en sus cabezas la apariencia de un pelo lacio.
El gran argumento y la gran explicación para tal conducta negadora de su autenticidad se encuentra en la necesidad de que la mujer mejore su autoestima. O lo que es lo mismo: una mujer que no tenga por lo menos la apariencia de blanca se desprecia y se tiene a menos a sí misma.
Lo que constituye un sofisma del tamaño de la catedral.
¿Cuántas de las cédulas de cuántos dominicanos, en el renglón de color, dicen negra o mestiza? Aquí interviene tanto la necesidad del cedulado como la complicidad del cedulador.

