No hace dos años, el presidente Fernández y Miguel Vargas Maldonado se reunieron y acordaron en Palacio aprobar la nueva Constitución que daba tumbos en el Congreso.
Como se sabe, Fernández era presidente de la República y caudillo del Partido de la Liberación.
Vargas Maldonado, dirigente del Partido Revolucionario, apenas era precandidato a la presidencia de la República y a la presidencia de ese partido.
Éste se dejaría escoger por aquél como contendor coyuntural, repetición de una táctica seguida en su política por el caudillo y déspota ilustrado Joaquín Balaguer en sus interminables años de gobierno.
El acuerdo con Fernández, esto es, ser recibido en Palacio como la primera figura de la oposición, fortaleció a Vargas Maldonado, quien ganó sin dificultad la presidencia de su partido y la candidatura presidencial.
En las elecciones presidenciales siguientes, 2008, y como el PRD natagueaba tras la noqueadura que le había propinado el gobierno de Hipólito Mejía, perdió con algo más de un cuarenta por ciento.
Mejía, candidato reeleccionista tras reformar a su conveniencia la Constitución en 2002, había perdido las elecciones de 2004 con la más baja votación obtenida por candidato alguno del PRD de 1962 a la fecha: poco más de un 30 por ciento.
En las parciales de 2006 el PRD volvió a recibir los beneficios de la citada noqueadura y perdió las mayorías que tenía en el Senado, la cámara de Diputados y los ayuntamientos.
Ahora, bien.
Cuando el máximo dirigente opositor elegido por Fernández perdió en 2008 pudo considerar la situación como una nueva experiencia en su camino hacia la presidencia de la República.
Pero llegaron las elecciones provinciales de mayo pasado, la puerca retorció el rabo y volvió a demostrarse que ciertas jugadas políticas, como en el juego de billar, buscan meter con un solo golpe dos y hasta tres bolas en los boquetes de la mesa.
Fernández se alzó con todas las senadurías y con la mayoría de las diputaciones y el PRD obtuvo mayor participación en los gobiernos municipales pero eso no es poder sino aumento de la capacidad de práctica de clientelismo.
Así las cosas, Mejía se considera reivindicado y decide presentar su precandidatura. Luis Abinader y Eligio Jáquez las suyas y Guido Gómez Mazara se lanza al ruedo no sea cosa de que lo condenen al entierro de pobres que pasa sin pena, sin misa y sin gloria.
Para las elecciones de 2012 falta un año y no hay sino que recurrir a la guaracha: ¿En qué parará la cosa, caballero?

