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Balaguer: lodos de polvos

En 1978, a Joaquín Balaguer no le dio resultado el fraude electoral porque su oposición venció el miedo trujillista al poder que se imponía desde 1966 y porque Estados Unidos, apoyo fundamental del caudillo neotrujillista, en esa coyuntura le quitó la alfombra de debajo de los pies.

 Pero en todas las demás ocasiones, 1970, 1974, 1986, 1990 y 1994, el miedo que había despostillado en sus opositores y la falta de capacidad de éstos fueron la carta de triunfo que no le daba el resultado de los votos contados en las urnas.

 En 1996, la concertación del “Frente Patriótico” con Juan Bosch y el Partido de la Liberación le facilitaría unos últimos años de influencia directa en el poder, incluída la que ejerció en el cuadrienio que inició en el 2000 hasta el 2002 en que murió.

 Pero también migajas de gobierno para su gente, junta en un agrupamiento clientelista que sólo sabe de la política que lleva a un puesto público que permita mayor enriquecimiento o acumulación originaria de capital para darse la gran vida y financiar en parte sus aspiraciones personales en el quehacer.

 Las elecciones para Balaguer no fueron nunca el mecanismo esencial del régimen democrático sino una vía sucia para ganar o permanecer en el poder. Su trabajo no era buscar apoyo de las masas sino enarbolar cuanto instrumento de poder pudiera para resembrar o aumentar el miedo entre la gente con algo o nada qué perder.

 De 1966 a este día de 2009 ningún político en el gobierno ha concentrado más poder que Balaguer pero no hay una ejecutoria democrática, una sola, que en beneficio de ese proceso y del pueblo pueda atribuírsele.

 El caudillo neotrujillista utilizaba el poder para conservarlo, mediante la extorsión y la intimidación, la persecución, el encarcelamiento y el asesinato políticos, sesgos de una corrupción generalizada en el sector oficial y en el sector privado. El poder para su poder.

 Los ingenuos y los perversos, a falta de argumentos para intentar siquiera la presentación de Balaguer como un caudillo democrático, apelan ahora a los recursos de la política tradicional del autoritarismo que recomienda mejor ser temido que ser amado.

 Y entre esos ingenuos y esos perversos hay empresarios, políticos, profesionales, periodistas y “comunicadores”  enriquecidos de manera directa o indirecta por los veintidós años de corrupción neotrujillista de Balaguer y por la secuela de su enseñanza aprendida y aceptada y practicada por “propios y extraños”. 

 A Balaguer lo juzgará la historia pero el fundamento de los argumentos que lo condenarán se investiga y testimonia hoy. El que quiera callar que otorgue con su silencio, inscríbase en el grupo de los ingenuos o en el de los perversos.

El Nacional

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