Opinión

AL DÍA

AL DÍA

Lenguaje académico

En días pasados, el periodista Miguel Guerrero se quejaba del galimatías que no lograba entender en un artículo de la revista Global, que calificó de la mejor “de temas científicos y culturales” que se publica en el país.

 El artículo es de una periodista argentina, María Marta Lobo, que debe ser experta en negocios azucareros, tema de su ensayo.

 Guerrero cita cuatro párrafos del artículo y en verdad que no sólo a él se le dificultó entenderlos. A cualquiera. Y ni hablar de la gente común y corriente acostumbrada a sus70 palabras de vocabulario.

 No hace mucho, la socióloga Laura Faxas publicó “El mito roto”, libro que, por el tema que sugería, gente con interés se apresuró a comprar.

 “El marchante que suscribe” –como repite el cronista deportivo Leo Corporán-, se dio el trabajo de leer las primeras páginas y lo cerró para siempre. Es tanto el esfuerzo y, por ello, tanta la indignación que produce, que lo que pudiera dejar como material aprendido se reduciría a poco o a muy poco.

 Se lee de acuerdo con un texto escrito para dejarse leer y entender y no para todo lo contrario.

 Muchos académicos, cientistas sociales y de otras índoles, tienen una preparación exhaustiva en sus disciplinas pero olvidan que para escribir hace falta conocer y aplicar teoría de la comunicación.

 Escribir, como hablar, es para hacerse entender.

 Pero esos académicos tratan de hacer un ejercicio de ciencia pura con sus escritos y, en ocasiones, ni sus mismos colegas logran descifrarlos. ¿Ni ellos mismos?

 Tras el ajusticiamiento del tirano Rafael Trujillo, Juan Bosch puso en práctica un estilo de discurso político de toda la propiedad y profundidad requeridas pero en un lenguaje accesible para todos.

 Ese discurso es todavía un paradigma de lo que hace falta en el trasiego de exposición de problemas y soluciones de “los grandes males del país”.

 Pero en esos años -1961 en adelante-, el dirigente máximo del PRD trató de ser cualquierizado y menospreciado por otros políticos e “intelectuales” formados por el complicado e intrincado discurso de la política de un siglo atrás.

 El ejemplo que se cita para comprender la intención de esos políticos e intelectuales era el del “mitin” campesino en el que, al terminar el orador, dos de ellos aplaudieron más de la cuenta y uno le dijo al otro: “Compadre, no entendí nada pero qué bien habló”.

  Después de que esos académicos “se queman las pestañas” por tantos y tantos años, ¿por qué escribir para que todo el mundo entienda? ¿Cómo se diferenciarían de los demás y cómo labrarán una posición de élite en la sociedad?

 Por eso escriben para que nadie los entienda.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación