Opinión

AL DÍA

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El presidente Fernández asistió en San Francisco de Macorís a un acto político e hizo la aclaración de que no estaba allí como candidato sino como presidente del Partido de la Liberación.

 ¿Qué dijo el Presidente?

 Lo que dijo. Ni más ni menos. Que no estaba en Macorís sino como presidente de su partido.

 Ahora, bien.

 Como él mismo se ha declarado “balaguerista y vinchista”, y como esas tendencias representan las cumbres del pensamiento autoritarista, despótico y continuista de la historia del país, la clara, simple y lineal declaración presidencial tiene varias interpretaciones.

 No es de dudar que la “leonelogía” que ya se pone en operación, como la balaguerología en los 22 años de gobierno directo y en los casi 30 de influencia del caudillo neotrujillista, se acoja al “lenguaje corporal” para añadirlo a las especulaciones acerca de lo que diga o insinúe o deje de decir o deje dicho el presidente Fernández.

 La Constitución promulgada a principios de este año y que fue iniciativa de quien gobierna al país es clara, simple y lineal como la declaración del Presidente en SFM:

 La reelección no es posible para las elecciones de 2012. Está prohibida por el artículo 124. El presidente Fernández no puede ser candidato. Y punto.

 El doctor Marino Vinicio (“Vincho”) Castillo ratificó no hace mucho esa especificidad prohibitoria de la Constitución y dejó claro que para posibilitar la candidatura de Fernández en 2012 habría que reformarla.

 ¿Están el Presidente y sus usufructuarios tan apegados al poder como para arriesgarse a una reforma constitucional a meses de haberse promulgado la Carta Magna elaborada por ellos y un conjunto de especialistas en la materia escogido por ellos?

 La respuesta tendría que entrar al terreno de la especulación y la especulación no es factual sino ideal o emotiva.

 La “leonelogía”, como la “balaguerología” en su momento y para justificar lo mismo, el continuismo y la falta de apego al principio democrático de la alternabilidad, también habla de la “soledad del poder” como de la “maldición” que arropa y ahoga a los presidentes que no pueden repostularse.

 Esa aberración parte de que el ser humano que llega al poder se acostumbra de tal manera a mandar que, como Balaguer y otros déspotas con ilustración o sin ella a través de la historia, no se reconoce como tal y se convence de que entregar el poder es como morir en vida.

 A pesar de haber vivido toda una vida fuera del poder.

El Nacional

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