Está muy bueno el anuncio de los enanitos de la tienda de electrodomésticos que le facilitan la vida a la gente.
También, y a pesar del fallo gramatical del yo que no va, el de un servicio telefónico.
Y el de la oficina pública que se encarga del censo y que dice que barsa, caterva, muchísimos, montón y varios adverbios más no son un número que pueda contarse como se debe.
Estas campañas publicitarias no sólo promueven de manera efectiva las ventas de esas compañías sino que alegran e instruyen a sus televidentes y oyentes.
Lo que no ocurre con un par de alusiones groseras en un anuncio de huevos y en otro de salsa de tomate.
En el primero, la cocinera se vanagloria de cuantos platos sabe hacer con huevos y su interlocutor, con toda la segunda y mala intención, le dice que ella sabe mucho de huevos. Ella lo corrige, para completar la alusión del doble sentido: no, yo lo que sé es de recetas.
Y el otro, con un par de amas de casa, una de las cuales le dice a la amiga que le gustan los larguitos, lo que sorprende a ésta y obliga a la aclaración de que se trata de un nuevo envase de salsa de tomate.
¿Por qué estas alusiones groseras y poco decentes, más que nada en productos de consumo diario y casero o familiar?
De esa misma manera se le va la mano a una pastilla anticonceptiva que pudiera decir que es efectiva si se toma después de una relación no protegida pero que sin necesidad añade el adjetivo sexual a esa relación.
Sin la precisión de ese adjetivo, el anuncio quedaría completo en su significado y eficaz en su motivación.
La buena publicidad, en una mayoría de los casos, es sugerente. De ahí que los creativos tengan que ser la gente de talento que son. Pero a veces se improvisa y, por vender, se viola no sólo el principio profesional sino el derecho que tiene la gente a que no la maltraten con mensajes groseros.
¿Debe haber una policía publicitaria que se encargue de caerle a macanazos a los malos anuncios, a los anuncios perversos, y a quienes los hacen y los patrocinan?
No. Eso ocurriría en gobiernos totalitarios.
En este gobierno que según la Constitución es el de un régimen social y democrático de que disfruta el país, el control de los mensajes publicitarios corresponde a la decencia de los anunciantes, las agencias publicitarias y sus ejecutivos y creativos y a propietarios de los medios electrónicos.

