Idioma nuestro de cada día
Los presidentes de la República no se reeligen. Siempre y cuando lo permita la Constitución, los presidentes se repostulan.
Quien elige es el pueblo mediante el voto.
Pero periodistas y comentaristas de radio y de televisión de todo calibre, y políticos y abogados, repiten que el presidente se reelegirá o que piensa reelegirse.
Entre las últimas lindezas está la invención del término aperturar, que no aparece en el diccionario de la Real Academia Española y que no cabe en el sentido común de la gente que lo tiene.
A algunas personas les ha parecido vulgar o poco académico el término abrir y han recurrido a aperturar.
Y así, se tiene a gente que habla de aperturar una cuenta o un programa o cualesquiera otras cosas de las que se abren.
Aperturar no existe en idioma castellano.
Muchas otras personas, con preparación o sin ella, con academia o sin, repiten la negación con lo que no la ratifican sino que la convierten en una falta de dicción o de ortografía.
No habrá pan hasta que no haya la harina. Dijo que no esperaría hasta que no llegara el funcionario. Y así. Como debe escribirse y decirse es …hasta que haya harina y hasta que llegara el funcionario.
Y cuando la emoción interviene en el texto o en la palabra dicha, la cosa es todavía peor.
Se recuerda al reportero de televisión y radio, quien cubría los funerales de un conocido líder político y que, al llegar el féretro a la funeraria, dijo que llegaba en ese momento el cadáver sin vida de fulano de tal.
El reportero quiso repetir el lugar común de cuerpo sin vida pero cuerpo le pareció muy común y poco solemne y lo sustituyó por cadáver, como si pudiera haber cadáveres con vida.
Lo más reciente, como corolario, es anunciar la enoteca del vino, como si pudiera haberla de molondrones, mabí o batata.
(Además, enoteca es un término que no figura en el diccionario de la Real Academia Española).
Con la frase que titula la columna, el periodista e historiador J. Agustín Concepción mantuvo por varios años una columna en un diario.
Con un sistema de retruécanos que había hecho su estilo, Concepción citaba gazapos de nuevos y viejos cultores de la palabra escrita.
Y enseñó mucho a todo el que quiso aprender.
Armando Almánzar, corrector de estilo dondequiera que le dieron trabajo, tenía instalada su aula en la mesa de Redacción a la que los reporteros les llevaban sus trabajos del día para recibir tachaduras y observaciones que poco a poco los hicieron mejores.

