Su voz se levantaba sobre el rumor parroquiano de la Barrita Montecarlo e imponía silencio: Señores; los familiares del cadáver me han confiado, / para que despida el duelo / del que en vida se llamó Papá Montero…
Entre pambiche, mangulina y carabiné guaracha, en realidad-, la voz y la música invitaban a bailar mientras un grupo de personas que no sabía hacerlo o que no le gustaba prefería deleitarse con la interpretación.
Antero Morrobel tenía nombre y apellido de general de la montonera y, en su calidad y condición de músico y cantante de cabaret, podía suponérsele una cantidad infinita de horas de vuelo en el entreset de los tragos de ron y los cigarrillos.
Además, el entusiasmo con que cantaba al frente del conjunto de la Barrita de Santiago permitía afincar la suposición.
Para nosotros era una aventura periodística. Luis Eduardo (Huchi) y Junio Lora empezaban en el oficio y el autor de la columna era ya veterano. Conversamos con él para entrevistarlo en su casa. Era un paisaje que merecía quedar en el blanco y negro de la edición de un diario.
En la frontera de los barrios San José y Baracoa entre el cielo y el infierno como diría cualquier creyente aunque sin poder especificar cuál de los barrios era uno y cuál el otro-, di con la casa del merenguero.
Mucha gentileza, mecedoras y café y empezó una conversación con Don Antero que quiso no tener fin.
Descubrir que era una oveja con disfraz de lobo produjo de esas sorpresas de las que la gente acostumbrada a prejuicios suele no recuperarse.
Antero Morrobel no bebía ni fumaba y, además, era un evangélico de método y práctica.
¿Y cómo puede ser, Don Antero, si en la voz se le saborean los tragos y se ven las volutas del humo de los cigarrillos o del cigarro?
El señor obra por caminos misteriosos. Hombre de creencias y fe arraigadas, Morrobel aceptaba su oficio porque tenía que ganarse la vida con honradez para mantener a su familia y porque, desde muchachito, se dio a cantar y a tocar las maracas y la güira como si fueran la esencia del sentido misional de su vida.
Lo curioso es que varias noches después, escrito ya y publicado el reportaje, el grupo volvió a La Barrita Montecarlo y otra vez la voz entonada y firme del cantante obligó al silencio cuando se levantó entre el persistente murmullo parroquiano de los tragos y el cigarrillo:
Señores; los familiares del cadáver me han confiado, / para que despida el duelo / del que en vida se llamó Papá Montero…
Pero ninguno tuvo presente que cantaba un hombre que no bebía, no fumaba y que, de método y práctica, era evangélico.

