Haití: una esperanza
A Guy Alexandre y Rubén Silié.- Puerto Príncipe destruida por el terremoto, sin gobierno ni orden, sin alimentos, agua, médicos, medicinas ni actividad económica alguna permite que las naciones desarrolladas y civilizadas del mundo tomen conciencia de un Estado que se extinguió hace tiempo.
La capital está destruida y el país y su pueblo devastados desde mucho antes de la última tragedia pero la primera puede ser reconstruida, en un lugar vecino y cercano aunque con mayor garantía geológica. Y la economía reconstruida y el pueblo redimido de su pobreza extrema.
Haití es sin dudas y desde siempre un polo turístico de indudable encanto para los europeos y otros habitantes del mundo.
Ese es un filón que puede explotarse ahora por las inversiones extranjera y nacional.
Como el uso de su territorio y mano de obra para la construcción de grandes fábricas de zona franca que utilicen para su comercio, sin agallas de ultraexplotación, la fuerza laboral haitiana.
Y la tarea de la reconstrucción de Puerto Príncipe y de otras muchos pueblos del país puede ofrecer durante mucho tiempo plazas de trabajo casi permanentes para una multitudinaria mano de obra ociosa.
Y la necesidad de construir carreteras de primera clase y de puentes, como la de reparar muchas de estas vías dañadas por el terremoto, pueden convertir a Haití, en un abrir y cerrar de ojos, en una nación próspera y esperanzada.
La inversión tiene allí una oportunidad de esas que, según el decier, pintan calvas.
Lo mismo que la inversión de capitalistas dominicanos al estilo de Fernando Capellán, pionero de las zonas francas binacionales fronterizas.
Sin explotación de capitalismo salvaje, sin narcotráfico y sin dictadura, Haití puede renacer de las cenizas en que la dejan su historia y el terremoto para levantarse y empezar a dejar de ser el país más pobre y menos país del mundo.
En esa tarea de reconstrucción hay oportunidad, mucha, para la producción dominicana, que tampoco debe tratar de especular con ella sino hasta reducir sus precios de venta y sus márgenes de beneficio para facilitar la reconstrucción de la economía y el comercio haitianos.
Lo malo tiene su lado bueno y lo muy malo su vertiente muy buena.
Es el caso, con Haití, para la solidaridad y para el capitalismo internacionales.
(De pasada, porque todo el mundo debe aprender de esta desgracia, el gobierno dominicano debe hacer un acto de contrición y entender que, en sus cuatro últimas administraciones, ha debido tomar con seriedad la necesidad urgente de institucionalizar y regularizar sus relaciones con Haití).

