Dios según Saramago
Escribir acerca de la religión, cualquiera, es ficción sobre ficción pero José Saramago lo hace con elegancia, gracia y un acertado sentido del humor. Así se lee su Caín, 189 páginas, Alfaguara, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2009.
Traducido por la española Pilar del Río, la novela tiene en su conjunto la impronta de cierta ironía castellana con la que quizá esté matizada la versión portuguesa original.
(Queda por ver El evangelio según Jesucristo, del autor, quizá una primera parte de este Caín que anda por el mundo para corregir la obra del señor o para enmendarla de manera decisiva y dramática).
La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él, conclusión que no es del mítico personaje sino del narrador.
Y por ahí va la historia que, a pies o en el burro inmejorable con que Lilith lo hace jinete páginas adelante, recorre el hijo de Eva y Adán, asesino de su hermano Abel sólo castigado por el creador con el destierro del Paraíso y una mancha en la frente, por presentes que son presente o futuro más cercano o más lejano.
Pero divierte ver cómo se las arregla para intervenir en la historia de Abraham y su primogénito, al que debió sacrificar en honor de dios y, casi, a no ser porque llega Caín y lo impide, antes que el Ángel destinado para ello, quien por hache o por erre se había retrasado en su camino.
Y en la destrucción de Sodoma y Gomorra, donde cayeron justos por pecadores, incluidos niñas y niños que no habían pecado más que por gritar para que se les diera teta o puré.
Y en la demolición de las murallas de Jericó por las trompetas del señor y en las victorias de Josué al frente de los israelitas.
Todo, por supuesto, ante las protestas de Caín y sus argumentos contra un señor al que sólo reconoce maldad y crueldad mucho más que a Lucifer o Satán o Ángel Caído, creaciones divinas también.
Para terminar con el arca donde sobreviviría lo bueno de la especie humana, barco grande que albergaría a la familia de Noé y a una pareja de cada uno de todos los animales que se conocía en ese entonces, excluido un unicornio que apareció tarde y no pudo abordar.
Valdría el razonamiento físico de Caín, en un argumento frente a dios que presenció Noé, en cuanto a la imposibiliad de que aquel barco tan grande pudiera flotar en la medida en que cayera el diluvio, si no estaba anclado en el mar.
Entretenida y divertida esta última lectura de José Saramago, Premio Nóbel y amigo, al parecer, de nadar contracorriente y llegar a destino.

