Para el día de hoy el Ministerio de Interior y Policía tiene pautado hacer el depósito del proyecto de ley que regulará los horarios y lugares de expendio de bebidas alcohólicas, bajo el argumento de reducir la violencia y la criminalidad. Esta ley va a sustituir al decreto de cuestionable legalidad que lo viene haciendo desde el 2006. Curiosamente, en los cinco años desde emitido el decreto, la violencia y la criminalidad han incrementado sensiblemente, y los demás problemas atribuibles al expendio de bebidas alcohólicas como la bulla y los accidentes persisten inalterados.
Abrumado por una ola de criminalidad que se les estaba saliendo de las manos, en el 2006 el Ministerio de Interior y Policía emitió una resolución que imponía horarios de cierre a los sitios donde se expenden bebidas alcohólicas, e invirtió una cantidad indeterminada de recursos, probablemente muy alta, para tratar de asegurar que la misma fuera acatada. Si bien la medida ha sido relativamente efectiva en enviar a los ciudadanos a sus casas en los horarios previstos, el crimen y la violencia que originalmente pretendía combatir siguen inalterados.
Que se desee crear un marco jurídico en el cual se controle la forma en que se venden bebidas alcohólicas, es bastante razonable. Pero insistir hasta el cansancio que con esta ley se pretende combatir la criminalidad es una necedad que raya en el insulto, pudiendo esta medida solo servir para desviar recursos muy necesarios en combatir a verdaderos criminales, a desperdiciarse en asegurar que los colmados estén cerrados.
New York no necesitó abandonar la idea de ser La Ciudad que nunca duerme para reducir su criminalidad que en 1990, con el pico de la invasión de crack, estaba a niveles similares a los que hoy vive República Dominicana, hasta este año donde se mantiene en su punto más bajo en la historia desde que llevan registros.
Un análisis estadístico de los crímenes por su tipo y ubicación, sumado con acciones preventivas y de mejora de la calidad de vida en las zonas afectadas, siendo todo ejecutado por la misma policía, sumado a un control de armas adecuado y una colocación eficiente de recursos sirvió para que hoy New York sea una de las ciudades grandes menos violentas del mundo, y esta sigue sin dormir.
Evidentemente, no estamos para esperar que algo como el ComStat que funcionó en New York lo haga aquí, al menos no de forma inmediata. Los problemas institucionales en las fuerzas del orden son muy profundos, la corrupción interna es rampante y la resistencia a cambios solo dificultan ese primer paso. Pero incrementando discriminadamente del patrullaje, o limitando los horarios de expendio de bebidas, mandado a la gente a acostarse para sus casas solo será útil para un mayor desperdicio de recursos, muy necesitados, sin que la violencia o el crimen sean efectivamente atacados. Por el momento estamos en un callejón sin salida, y nadie parece interesado en dar la vuelta y probar un nuevo camino.
