Los alegatos del expresidente Leonel Fernández sobre los resultados de las primarias en el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) no son para que se le estigmatice como pataleo para no aceptar su derrota. Puede darse por seguro que Fernández perdió no por la manipulación del conteo a través de un algoritmo, lo que de ninguna manera descarta que se esté en presencia de un sistema de votación viciado, que requiere de una profunda revisión para que el sufragio cumpla su real cometido.
Al denunciar que fue víctima de una trampa, el presidente del PLD pone el dedo en las debilidades del sistema institucional. Se argumentará que él tuvo que ser víctima para darse cuenta o simplemente sangrar por herida, pero la realidad es otra.
Es verdad que en estas primarias no se registraron casos como el del senador que intervino un centro de votación, rompió varias actas y le recriminó al presidente de la mesa que lo había puesto para que lo ayudara a ganar. O del apagón que en pleno proceso de conteo de las boletas terminó favoreciendo al candidato oficialista en unas elecciones legislativas. Pero eso no quita que se hayan verificado deplorables irregularidades.
En esta ocasión, hasta prueba en contrario, el problema no estuvo en las urnas ni en el conteo de los votos. Las alarmantes irregularidades estuvieron representadas, como en otras ocasiones, en la abundante proliferación de recursos de dudosa procedencia y en la perniciosa práctica de compra y venta de voluntades.
Ese mercado, frente al cual la Junta Central Electoral (JCE) ha debido actuar en función de sus atribuciones, fue determinante para despojar a Fernández de un triunfo que parecía sonreírle por la aceptación que despertaba su candidatura. Con los antecedentes de otros procesos, estoy plenamente convencido de que la victoria de Gonzalo Castillo se decidió con la avalancha de personas que movilizó su estructura en las últimas horas de las votaciones.
La reacción del expresidente Fernández puede representar un valioso aporte si al menos los sectores más representativos de la sociedad, en lugar de prestarse al juego, como una manera de rechazar la posible manipulación de los equipos, decide empoderarse para reclamar que se respeten las reglas de los procesos electorales.
Desde hace un tiempo las cámaras legislativas y los municipios han sido tomados por adinerados que no tienen más discurso que la compra de voluntades. Y nadie es ajeno al peso adquirido por el clientelismo en la construcción de cuestionados liderazgos.
En consecuencia, más que estigmatizar al expresidente Fernández lo que procede es no solo investigar a fondo sus alegatos, sino utilizarlos como herramienta para adecentar los procesos electorales.

