Conocí a Alexis en New York, cuando ambos pertenecíamos al Comité Pro Defensa de los Derechos Humanos, (junto con Juan Daniel Balcácer, Edgard Paiwewonski y Eric Vicioso), que en esa época dirigía Dinorah Cordero, a finales de los sesenta.
Ya Alexis era poeta y sus grandes amigos eran poetas boricuas, entre ellos Iván Silen, artista legendario que andaba por la ciudad con una larga capa adornada con un “Pájaro Loco”.
Yo era demasiado indocumentada para entender las sutilezas de su humor, siempre mordaz e inteligente, ni las historias que ya traía de Santo Domingo Este, patria de de muchos y muchas poetas, a la cual no se le ha rendido el tributo necesario.
Siempre lo encontraba caminando por la Zona Colonial, donde ambos residimos y nuestros intercambios eran breves, yo más preocupada por el evidente deterioro físico del poeta, que por sus chispazos literarios, los cuales imagino reservaba para sus canchanchanes, como llamaba a sus congéneres de una Antorcha ha tiempo apagada.
Cada vez que Edgard traía a su grupo de estudiantes, los reuníamos en mi techo y Alexis era orador obligado de unos intercambios que muchas veces le hacían reír, por la ingenuidad de la muchachada norteamericana.
Era legendario entre poetas de la región, porque a todos les envió su antología de poesía, un libro que no se podía sostener con las manos y que según el tenia la función de que se utilizara como banquito para subirse y ordenar los libros en la biblioteca. Ningún poeta entendía como pudo enviarlo por correos, a menos que fuera con la anuencia del bueno de Modesto Guzmán de Inposdom.
Lo que me molesta de su muerte es la similitud con la de Oscar Hungría, el más hermoso gestor cultural y turístico de la Zona Colonial. A Oscar le comenzó un infarto y lo llevaron a la Clínica Dominico Cubana, justo frente de su casa.
Allí no lo recibieron por un problema de actualización del seguro. Se recurrió a José Antonio, entonces ministro, y este autorizo su internamiento, pero aun así no lo admitieron hasta tener “un documento escrito” del Ministerio, lo cual dilató su atención por varias horas. Cuando por fin lo ingresaron ya Oscar se estaba muriendo, por el bestial desconocimiento del personal médico de un poeta que era para nosotros un himno a la amistad, la solidaridad, la belleza. Hoy los hijos de Oscar tienen un proceso judicial contra esa clínica, que espero que ganen.
El problema es que ya perdimos todos, aunque sus hijos ganen el caso, porque Oscar solo permanece en el corazón de quienes le quisimos, así como Alexis permanecerá en el corazón de los y las poetas de su generación.

