Agradezco a la sección dominical Semana por la publicación de mi artículo Entre educar y juzgar los niños, el que contó, además, con imágenes muy adecuadas, pero me veo obligado a aprovechar este espacio para completar lo que aparentemente no cupo, incluida la dedicatoria: Recordaba la decisión del colegio de una de mis hijas, cuando ésta tenía 9 años de edad, que prefirieron excluirla en lugar de enfrentarse a las dificultades por las que en ese momento atravesaba: No creo que lo único que debe primar en la valoración de un alumno son sus calificaciones, y fue por eso que le escribí una carta al colegio de mis hijas de la cual extraeré dos párrafos:
Pienso que están en pleno derecho de hacer lo que plantean, pero es ahora cuando más necesita del esfuerzo vuestro para salir adelante.
La pedagogía no crece tan solo en base a niños sin problemas. Eso es muy cómodo. El maestro es aquel que se yergue sobre las dificultades y logra sacar de las potencialidades ocultas del alumno. Es más fácil trabajar solo con muchachas sin problemas.
El papel de la escuela es mirar a los educados como un todo que amerita una educación integral que los valore en su justa dimensión, donde las matemáticas, la historia, el lenguaje, y las ciencias naturales juegan un papel accesorio.
Terminemos con Luis Franco de su Pequeño Diccionario de la Desobediencia: La enseñanza que tiene por único objeto amaestrar para un oficio o una carrera deshumaniza al hombre, como la educación al león del circo, lo vuelve lo menos león posible.
La dedicatoria era la siguiente: A Valentina Mejía y a las hermanas Ventura de Jicomé, Esperanza. Amantes del trabajo de educar niños. Tuve suerte en verme obligado a completar aquel trabajo, para así no tratar sobre una propuesta hecha por Su Majestad en algo más que salud.

