Estamos a horas de entrar en el año 2011, dejando atrás este 2010 que nos hizo perder la capacidad de sonrojarnos ante las inconductas de muchas figuras públicas. La gran pena es que los ciudadanos decentes estamos arrinconados, y un gran porcentaje de la gran mayoría de la población no se mete en el primer grupo porque no le dan espacio.
Tenemos la tradición de enumerar deseos para el nuevo año, pero está tan feo el panorama que nos han legado los imprescindibles con ínfulas mesiánicas que nos dirigen, que no perderé mi tiempo listando anhelos que no pasarán de ser ilusiones tontas de este soñador inadaptado.
Prefiero cambiarlos por la oración de Gandhi: Señor… ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles. Si me das fortuna, no me quites la razón. Si me das éxito, no me quites la humildad. Si me das humildad, no me quites la dignidad. Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla, no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo. Enséñame a querer a la gente como a mí mismo y a no juzgarme como a los demás. No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso. Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo. Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y que la venganza es una señal de bajeza. Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso. Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar. ¡Señor…si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí! Convirtámosla en una guía de actuación colectiva que así sería algo más que salud.

