A un año de mi yerno
El reloj marcaba las 5:20 de la mañana, del pasado 19 de octubre, cuando salí junto a mi compañero de trabajo, y ahora de aventura, Julio Sanders de “Los Tablones” en el Parque Nacional “Armando Bermúdez”, linterna en mano, rumbo al Valle de “El Tetero” distante unos 13 kilómetros, la temperatura marcaba 8 grados Celsius.
Había planificado este viaje a las montañas que circundan el pico Duarte desde agosto, no quería estar cerca de nadie querido en el primer aniversario de la muerte de mi yerno Nazareno Reyes, y tal como he hecho en algunos de mis 36 viajes a las montañas que demarcaron Miguel Francisco Canela Lázaro y Juan Bautista Pérez Rancier, fui a dejar en sus caminos algunos de los demonios que a veces me asedian, y uno de ellos era, precisamente, la desgracia vivida por mi hija “Jabada” cuando perdió a su esposo, su amigo, su compañero.
En mis 32 años por estas lomas no recuerdo haberme enfrentado a tanto lodo. Subimos con dificultad hasta el “Cruce del Valle”, en plena lluvia, y de éste al valle nos enfrentamos a 8 kilómetros de un camino enteramente resbaloso; un trayecto que normalmente lo hacía en dos horas y media nos tomó 4 horas.
A mitad de mi trayecto, completamente agotado, me senté en una piedra a la vera del camino, extendí las piernas y mientras comía algo de la picadera que cargaba en mi mochila, repasé mis recuerdos sobre mi yerno ido a destiempo y que me dejó una hija viuda a los 29 años, y aproveché al pensarlo, valorar mi propia existencia y les aseguro que las conclusiones a las que arribé son altamente positivas para mi hija y para el que además escribe “Algo más que salud”.
Llegamos, “hechos tiras” al valle a la una de la tarde y “mamados” del cansancio solo atinamos a darnos un baño en el naciente Yaque del Sur que pasa por el lado y a tirarnos en la bolsa de dormir. Estos trotes no son pa’ viejos.

