26 de julio
Mañana se han de conmemorar 66 años del asalto al Cuartel Moncada por Fidel Castro y un grupo de jóvenes. La mitad fueron asesinados mediante la tortura por la tiranía de Fulgencio Batista. Tres años después parte de los sobrevivientes de esa aventura, porque ciertamente lo fue, desembarcaban desde el yate Gramma, nuevamente encabezados por Fidel, para iniciar una de las epopeyas más hermosas de la humanidad: La Revolución Cubana.
El pasado domingo, a las 11 y 57 de la noche, terminé de leer el libro de Ignacio Ramonet: “Cien horas con Fidel” del 2005, un año antes de sufrir la seria enfermedad que lo obligó a entregar el poder, y ocho antes de morir. Veamos estos cortos de esa extensa entrevista:
“Lo que diría a muchos de los nos condenan es que mediten cómo este pequeño país ha podido resistir casi medio siglo las embestidas de la más poderosa potencia. Eso no se puede lograr sino sobre la base de principios, sobre la base de las ideas, sobre la base de la ética. Es la única manera”. Página 691.
“Nosotros nos consideramos afortunados por haber tenido conciencia de que el odio y los prejuicios no son armas políticas… tenemos la experiencia probada de que el empleo de los principios es la mejor arma política posible”. Página 692.
“No es un gran mérito haber acumulado la experiencia que hemos acumulado. Si puede haber algún mérito es en el hecho de haber sido constantes en la lealtad a las ideas y a los principios; de no dejarnos envanecer por la cuestión del poder, ni tentados a hacer abuso del poder, algo muy frecuente entre los seres humanos”. Página 702.
Pienso que el gran logro de la Revolución Cubana, y lo que ha permitido su preservación fue su respeto por la dignidad humana y mantenerse fieles a los principios. Eso, aunque lo sientan traído por los cabellos, es lo que garantizaría ser un buen padre, como trata el que escribe “Algo más que Salud”.

