Dando amor
Acompaño a mi pareja a la misa de domingo a la Iglesia de Cristo Salvador de Honduras, a veces nos escapamos y llegamos a Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe del padre Tomás de Las Caobas o si nos coge la hora recalamos en la del hospital “Robert Reid Cabral”. Buscando aires diferentes nos llegamos a la de Jicomé, Esperanza, y en par de ocasiones a La Vega con el padre Rogelio.
En ocasiones vamos a misa los sábados a las 6 de la tarde. Este pasado sábado la encontramos llena y nos tocó un asiento del ala derecha atrás. En el mismo inicio un joven empezó a gritar un lamento que se escuchaba en toda la iglesia; a su lado, quien parecía su madre intentó calmarle, pero sin éxito.
Estábamos tres bancos detrás y mi pareja me consultó para ir a ayudar, pues aunque el padre continuaba con la homilía los quejidos del joven llenaban todo el recinto. El párroco pidió conformidad si era alguien desconsolado por el recuerdo de un familiar fallecido, pero el joven seguía y ya estaba tirado en el suelo.
Ya mi compañera estaba a su lado, ayudó a pararlo, le tomó la cara con sus manos mientras le susurraba palabras al oído, lo empezó a tranquilizar; una iglesiana, de esas que son sepulcros blanqueados, se acercó desde el púlpito requiriendo con arrogancia que lo sacaran de la iglesia, mi pareja la enfrentó pidiéndole que se retirará pues su actitud, aparte de no ayudar, desdecía del espíritu cristiano.
Poco a poco mi esposa logró salir con el joven, le alcancé la llave del vehículo y regresó 20 minutos después comunicándome que el muchacho tiene 16 años, es autista, le fascina ir a la iglesia y al parecer ese día los canticos trastocaron su ánimo. La iglesia que entiendo es para ese muchacho especial y pobre. Precisamente el texto biblíco trataba la parábola de la puerta estrecha que es, por mucho, “algo más que salud”.

