Opinión

Algo se mueve

Algo se mueve

Si una cosa ha caracterizado esta sociedad a lo largo de su historia ha sido la complicidad de segmentos poblacionales con la delincuencia de cuello blanco, esa que por sus niveles de sofisticación deja pocas huellas y es protegida por un aparato institucional sobre el que influye.
A través de esa sumisión tácita, pero firme ante protagonistas de tan onerosa criminalidad, se denominan señoras, señores, damas y caballeros, y se considera santos bajados del cielo a quienes se aprovechan de la tragedia de un pueblo perpetuada por expoliaciones sistemáticas de sus riquezas a cargo de sepulcros blanqueados en connivencia delictuosa con el poder.

La supuesta genialidad para las empresas y sus éxitos profesionales se vieran reducidos a manifestaciones mínimas si se despojan de muletillas complacientes y magníficamente remuneradas ofrecidas desde el tráfico politiquero por el cual obtienen riquezas, fama e impunidad, sustentadas en un voluble castillo de naipes que no resiste un ligero soplido vestido de auditoría.

Sus fragilidades y falsías son de dominio público, pero por la complicidad y el entramado protector al que aludo, callamos, nos sumamos al ruido de vocingleros que los proclaman, a las palmadas que se agitan para ovacionarlos y a la peregrinación constante a las urnas para votarlos, aun a sabiendas de que estamos renovando sus licencias para delinquir sin mayores riesgos.

Pero algo se mueve. A uno de esos barones a quienes por años hemos rendido pleitesía, colocándolo en posiciones oficiales y privadas cimeras, pagándole sumas millonarias, pensionándolo con montos que constituyen una burla ante la miseria recibida por trabajadores que arruinaron sus vidas a pleno sol, todo, aun conociendo el desastre que ha sido su vida pública y personal, se le acaba de deshacer una fiesta a fuerza de la extrañísima reacción de una ciudadanía que, al fin, empieza a dar muestras de conciencia de su potencialidad cuando decide asumir causas colectivas dignas y decorosas.

A los directivos de un magnífico, por lucrativo, comercio alegadamente deportivo, se le ocurrió dedicarle su próximo campeonato a ese inmerecidamente llamado honorable y, como si hubiesen sido activadas por una ráfaga de ira, se levantaron voces que advirtieron la iniquidad que tal gesto habría significado.

La rabia produjo el efecto esperado y el absurdo homenaje fue revertido. Que haya sido por convicción o por salvar el negocio es duda que persiste, ahora lo trascendente es disfrutar que, en este país, era justo, alguito empieza a cambiar.

El Nacional

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