Opinión

Alta tensión

Alta tensión

La crisis de Venezuela ha entrado en una fase en que es necesaria la ecuanimidad para prevenir el peor de los desenlaces. Masivas movilizaciones internas y fuertes presiones externas se han combinado para acorralar al presidente Nicolás Maduro.

Pero el reconocimiento por parte de Estados Unidos, otros países y la Organización de Estados Americanos (OEA) del presidente del Parlamento de Venezuela, Juan Guaidó, como jefe legítimo del Gobierno de la nación, no es la mejor vía para encontrar una salida a la crisis. Se trata simplemente de más leña al fuego.

A pesar de la amenaza atribuida a Washington de que no se descarta ninguna opción si se desconoce o se actúa contra Guaidó, la cúpula del poder militar venezolano ha reiterado, en una suerte de claro desafío, su lealtad a Nicolás Maduro, con todo y que su nuevo mandato haya sido declarado ilegítimo por la OEA y la Unión Europea.

Antes que incitar a la violencia, en Venezuela se tiene que evitar un baño de sangre. La crisis hace más necesaria que nunca la gestión diplomática. Maduro se considera víctima de una conspiración liderada por Estados Unidos, pero sin admitir la deriva antidemocrática de su gestión. No solo retuvo el poder en unas elecciones amañadas, sino con los principales líderes opositores encarcelados o exiliados por falsas acusaciones.

Mientras recibía el respaldo de los jefes militares, Maduro, que ha tenido que lidiar con protestas sociales y una supuesta conjura para sacarlo del poder, anunció la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales con Washington. Lo más probable es que Maduro tenga que hacer lo mismo con Estados Unidos que reconoce a Guaidó como presidente legítimo, elevando las tensiones a un grado perturbador.

Al margen del papel que puedan jugar otras potencias que respaldan a Maduro, como Rusia y China, todos saben que el presidente venezolano y su gente no va a dejar el poder, sin importarle una confrontación que termine en un baño de sangre. Lo sensato es entonces bajar la presión, evitar las provocaciones y sentarse a negociar con las cartas sobre la mesa.

El Nacional

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