Un año que inicia es un espejo gigante. Imposible pasar por su entorno y no sentirse reflejado. Una época especial. Difícil encontrar una persona que pueda alegar que no percibe algún nivel de influencia en su vida, en una u otra dirección, de las características que tiene este período. El efecto puede variar en función de la estructura ideológica de cada quien o de sus circunstancias particulares, pero lo cierto es que no pasa desapercibido. Propicia reflexión, tanto para evaluar el ciclo que termina, como para proyectar ilusiones respecto al que se avecina.
Pocas cosas en el mundo han generado mayor consenso: El 2008 fue un año fatídico y hay mucha aprehensión en cuanto a las expectativas para el 2009.
Eso, de forma inevitable, repercute en las individualidades, sin importar la condición social o económica. Por altas que sean nuestras murallas, es imposible ser indiferente al pánico que procede del exterior.
Esa es la armonía necesaria. La que enlace, sin forces, las legítimas aspiraciones personales con los irrenunciables compromisos que, como entes sociales, debemos asumir. Uno de los grandes males de la sociedad dominicana es que se ha convertido en un conglomerado de individuos, sin espíritu de cuerpo.
Cada quien, en una búsqueda frenética por resolver sus problemas exclusivos, al margen de las taras colectivas que, más temprano que tarde, de continuarse así, impedirán nuestras propias soluciones. El sálvese quien pueda no alcanza para todos.
Esa debe ser la meta más elevada, la construcción de un proyecto de nación que tenga a la gente como el centro de sus objetivos, no como el soporte utilitario para la materialización de ambiciones desmedidas. El ser humano como sujeto de políticas públicas bien concebidas, no como objeto de manipulación grosera de propósitos politiqueros de hegemonización del poder.
Convertir en realidad ese imperativo es posible, pero supone un cambio dramático de actitud de los ciudadanos y ciudadanas que conformamos este país.
En una proporción importante, los desgobiernos que hemos padecido se han sustentado en la indiferencia generalizada que abate a tantas personas frente a un sistema político cuya infuncionalidad es la causa principal de los pésimos resultados que exhibimos como colectivo social. Abandonar esa indiferencia es un paso imprescindible para tener mejores gobernantes.
Hay que trascender la queja individual ante tantos y viejos problemas y traducirla en exigencia organizada de soluciones.
La comprensible preocupación social de mucha gente debe ser canalizada a través de acciones de naturaleza política que sean capaces de revertir un estado de cosas que se ha agotado de forma definitiva.
Lo que sucede con la nación no es casual y es preciso comprender que, por acción u omisión, todos somos un poco responsables de eso.
Los tres partidos políticos tradicionales han terminado igualados en sus conductas desde el poder y las demás organizaciones han resultado ineptas para capitalizar esos desastres gubernamentales y erigirse en opciones atractivas y confiables. Una nueva entidad deberá surgir, con criterios de práctica política profesionales, dotada de una novedosa estrategia a partir de la cual grandes núcleos poblacionales se sientan representados y confiados en que la misma no se convertirá en otro desengaño.
Las condiciones objetivas y subjetivas están reunidas. De lo que se trata es de poner en marcha el proyecto, con todo el trabajo y la ilusión que ello supone, y hacer de este nuevo año el punto de partida que nos conduzca a la integración afectiva de la mayor cantidad posible de personas en algo que es una auténtica necesidad nacional.
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