El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no necesita mucho para explotar. Lo hace sin que siquiera lo provoquen, no propiamente por mera diversión, sino por temperamento. Los conflictos que ha protagonizado desde que llegó a la Casa Blanca, más que quitarle el sueño, le han dado más energías para batirse no solo contra quienes están en la acera del frente, sino hasta contra sus aliados.
Acostumbrado a mandar, que le obedezcan, el anónimo atribuido a su entorno publicado por The New York Times, en un momento en que se multiplican los cuestionamientos sobre su salud mental, lo han puesto de vuelta y media.
De no ser contra un mandatario tan narcisista, se estaría discutiendo si se corresponde con la ética la publicación que tanto alboroto ha causado en la Casa Blanca. Al ser contra Trump, arrogante, autoritario y enemigo jurado de la independencia periodística, el elemento profesional ha quedado relegado a la posteridad. Es obvio que una nota que da cuenta de un movimiento de resistencia en el gabinete a las decisiones del mandatario, a quien se tilda de impulsivo, solo podía hacerlo una cabecera con la historia y el prestigio de The New York Times. La gran incógnita es saber cuánto grandes medios se atreverían a publicar una nota similar, no por temor a las consecuencias, sino sobre la base del criterio propiamente profesional.
Trump, como cabía suponer reaccionó airado frente al artículo, que de lo único nuevo que da cuenta es del grupo que se ha organizado para procesar sus decisiones. Sus arrebatos no solo han estado a la vista, sino que han sido expuestos por cercanos excolaboradores.
El mandatario, que ha servido verdaderos banquetes tuiteando contra los grandes medios de comunicación estadounidenses, ha solicitado una investigación a su fiscal Jeff Sessions al considerar que el anónimo representa un asunto de seguridad. Lo que más en alerta lo ha puesto es el tufo a traición, aunque, de encontrar algún ingrediente no desperdiciaría la oportunidad de demandar contra The New York Times.
El periódico, que no está obligado a revelar su fuente y que con la publicación anónima ha roto con una vieja tradición, se ha defendido señalando que conoce al autor de la nota que ha enfurecido a Trump. La publicación, que en verdad plantea un dilema periodístico, ha convertido en sospechosos a los más allegados al gobernante, todo de su misma mentalidad política, aunque con otro estilo, quienes comenzando por el vicepresidente Mike Pence se han apresurado a declarar que no fueron sus autores.
También han negado su autoría los secretarios de Estado y de Defensa, así como el director de Inteligencia. Lo único que ha faltado es convocar al gabinete y se diga que el responsable es el que del grupo tenga la oreja caliente.

