Cuando en una polémica sobre un tema de trascendencia se recurre al exhibicionismo y a incidentes para buscar cámara y llamar la atención, el común de la gente, con su intuición natural, percibe claramente que quienes así actúan están de hecho reconociendo que carecen de argumentos.
El razonamiento es sencillo: cuando las posiciones son atendibles y expuestas con nivel en provecho del bien común, la violencia, la estridencia y el desbordado desenfreno no tienen cabida alguna.
Ese aserto se aplica al dedillo al comportamiento asumido por el diputado Pedro Botello, primero incidentando el hemiciclo de la Cámara Baja al penetrar con una pancarta, y luego en una marcha en La Romana, en su obstinado propósito de que los fondos de pensiones se destinen a un plan de ayuda económica a los trabajadores suspendidos durante la pandemia.
Botello contó hoy otra historia al revelar que ha sufrido tres veces de coronavirus
Es claro, como han advertido con mucho tino otros legisladores —afortunadamente no contagiados con el virus de irracionalidad y desenfreno que exhibe Botello— , que este tipo de acciones sólo se explica, más no se justifica, cuando el real objetivo es buscar promoción personal, una tendencia en quienes carecen de nombradía o reconocimiento público.
Sin embargo, aunque los actos violentos o bochornosos pueden producir ruido mediático momentáneo, en el corto y mediano plazo dejan una mala impresión en los ciudadanos que prefieren informarse y crear sus propias opiniones en base a ponderaciones hechas con altura, serenidad y decencia.
En lugar de validar su reclamo para que se autorice entregar el 30% de los fondos de las AFP a los trabajadores, con sus contraproducentes acciones Botello lo que ha logrado es desprestigiar la causa que dice defender y dejado la impresión de que persigue forzar una jugada ante la ostensible falta de apoyo a nivel legislativo.
En su afán, Botello ha desoído las voces del empresariado y el sector sindical.
Por: Luis Manuel Báez
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