Algo tiene La Habana que agudiza el sentido poético. No es solo la luz del atardecer o amanecer, que se refleja en los charcos que va dejando el mar que siempre embiste el muro que eufemísticamente, los habaneros denominan malecón. No son sus viejos autos, ni la majestuosidad de una arquitectura que Eusebio Leal, historiador de la ciudad, afanosamente preserva.
No, no es la luz, ni la lluvia repentina, ni los vehículos, ni la arquitectura, es otra noción del tiempo; es regresar a otra dimensión y sentirnos, en algún momento, en el espacio de otras vidas, en algún lugar detenido de la infancia.
Por eso, cuando me preguntaron, en la puesta en circulación de la antología de toda mi poesía publicada por Casa de las Américas: Poemas de la Pasión Licita, qué pensaba de Cuba, respondí con un poemita:
Luces apagadas donde sorprende la claridad presente que no renuncia a su presencia descubrir de pronto que se puede llorar romper barrotes, apalomar espacios.
Y, apalomando espacios estábamos los y las invitados/as especiales de la XXI Feria Internacional del Libro de La Habana, que se inició el 2 de febrero en los municipios de La Habana, con màs de 200 invitados/as de 40 países, concluyendo el 19 de febrero la etapa habanera y continuando hasta el 4 de marzo por el resto del país.
Este año la feria estuvo dedicada al Gran Caribe. Fuimos invitados los barbadenses Sir Hilary Beckles y Esther Philips; la haitiana Susy Castor; quien esto escribe y el jamaiquino Norman Girvan; asi como el escritor mexicano Sergio Pitol (Premio Cervantes 2005); el argentino Miguel Bonasso; el periodista hispano-francés Ignacio Ramonet y el teólogo brasileño Frei Betto.
En la inauguración nos reencontramos con un eufórico Freddy Ginebra; con Pedro Antonio Valdez; un alegre José Rafael Lantigua y Félix León Batista, quienes armaron el stand dominicano con más de 300 títulos.
Paralelo a la Feria, funcionó el Foro del Caribe, en Casa de las Américas, el cual inauguré con la ponencia Mujer y Resistencia en El Caribe; el Coloquio Martiano, en el Centro de Estudios Martianos; el Encuentro de Historiadores; el de Bibliotecarios, en la Biblioteca nacional y el de jóvenes escritores/as en el Centro Cultural Dulce Maria Loynaz.
De cada uno de estos eventos les iré contando, cuando me recupere de dos semanas de intoxicante felicidad, donde la intelectualidad cubana demostró una vez mas que la literatura, o sirve para hacernos mejores seres humanos: más generosos, más universales, más dueños de nuestro devenir, más seguros de lo que creamos, o no sirve.

