Como ahora se han impuesto los llamados «intérpretes de la música urbana», y se han convertido en favoritos de los espectáculos de tarima, al aire libre, sería bueno que se tuviera algo en cuenta.
Animar e incidir en un conglomerado multitudinario, no es lo mismo que presentarse en una discoteca o un «cars wash» de los que acostumbran a visitar estos intérpretes, acompañados de sus clásicos dos bailarines y un «disc-jockey».
Por lo que hemos podido ver, ahí es donde la mayoría de esos denominados exponentes del género urbano están fallando, al revelar una gran deficiencia en su desempeño.
No son capaces de interactuar con la gente, ni de articular algo que
pueda servir de enlace y motivación para el público, y por ello sus actuaciones pasan «sin pena ni gloria», como se pudo ver en el concierto de Año Nuevo de Telemicro.
Con excepción de Vakeró, lo que hicieron los demás daba pena y verguenza, dandole con ello caldo de cultivo a quienes consideran un
arte «gastronómico», o «fast food», que deviene en un producto desechable.
Es una verdadera «pela» ver algunos de los autoproclamados artistas urbanos. Diferente a las orquestas de merengue de las denominadas tradicionales, como la de Toño Rosario, que puso el ambiente en ebullición, y no lo dejó nunca caer, por su experiencia, recursos de animación y los atractivos que puso en escena.
Lo primero que las orquestas de merengue han aprendido es a «pelear en tarima» cuando de procurar sobresalir y llamar la atención se trata.
Y para eso hay que tener «batey».
Es algo que viene desde los tiempos de El Carnaval del Merengue, de
José Tejeda, donde cada orquesta participante se producía y preparaba para imponerse a las demás.
Pero esos muchachos de ahora, «los urbanos», piensan que con gesticular en el escenario y agarrarse de manera obscena sus partes pudendas, ya están «cruzando» con el público.
Pero, para usar una expresión de ellos mismos: ¡En su mente!

