Hubo una época en que los principales diarios impresos del país
contaban con suplementos semanales, algunos de los cuales, como
Galería sacaban más de 60 páginas dedidas a las noticias de arte.
En la radio habían programas dedicados a la farándula y a las
actividades artísticas que acaparaban la audiencia a nivel nacional.
Estamos hablado de una época no muy lejana, en que en el país se vivía
una gran efervescencia artística con orquestas de merengue,
baladistas, discotecas, clubes nocturnos, after hours, piano bares, pasadías bailables dominicales. En fin, cualquier día había un bonche.
Todas las semanas había un artista internacional en El Maunaloa, en la Boite El Conquistador del hotel Naco, El Embasy Club del hotel El Embajador, Los Lunes de Tony Echavarría (Cambumbo), y hasta en el lupanar de la Tía Erminia en la parte alta de la ciudad.
Toda esa actividad generaba la creación de programas de radio y
televisión, así como las revistas impresas, suplementos artísticos,
porque había mucho de qué hablar y de escribir.
Tan diferente a estos tiempos, en que para bailar con una orquesta hay que esperar los lunes del Jet Set, y las actividades artísticas con
artistas criollos se encuentran en su mínima expresión.
Algunos de los cronistas de ahora para llenar sus espacios se ven precisados a copiar chismecitos de artistas extranjeros de la internet, o a inventar situaciones de los pocos criollos que pueden ser noticia.
Esta comparación nos lleva a la dolorosa realidad de admitir que el
arte popular dominicano, la vida nocturna y el entretenimiento lucen
atomizados en estos tiempos, si lo comparamos con aquellos años
dorados de tan grata recordación.
Hoy mucha gente del medio tiene que contentarse con las migajas de
aquellos viejos tiempos de gloria, aunque no quieran admitirlo.
No es lo mismo ni es igual.

