Era el seis de junio en curso, cuando Orlando Jorge Mera en pleno horario laboral se encontraba en su despacho en la capital de la República cuando le sorprendió la muerte de mano de un amigo suyo de infancia, reafirmando el dicho que reza que “En la confianza está el peligro”. Ese amigo mató a un hombre bueno, que sabía y solía dar solidaridad a las personas por la sola condición de seres humanos. Era un político de carrera claramente diferenciado del montón de su clase.
No era un político chapucero como hay tantos; no era de barricada, ni grosero. Era decente y ecuánime, no anidaba la venganza ni siquiera por los atropellos que recibió su padre al concluir su mandato constitucional como presidente de la República, y fue políticamente acosado por Joaquín Balaguer. Era un político honesto como hay pocos, un valor que en las últimas décadas quedó en extinción.
Asesinaron a un ciudadano imperfecto, pero completo. Un ciudadano sumamente responsable, al punto que la firmeza de su vertical responsabilidad pudo ser un punto incitador para que su confeso asesino se arrogara la voluntad de matarlo varias veces, de manera tan cruel, tan cobarde, tan bárbara y sin corazón como lo hizo su verdugo.
Pacificador como era Orlando Jorge, no pudo con la endemoniada convicción de la que estaría poseído su asesino, que habría salido a visitarlo, para matarlo como si hubiera sido una serpiente venenosa en estado furioso. Su asesino diezma la práctica de los valores humanos en la clase política y en el país.
Este infausto hecho diezma la vergüenza, el respeto, la confianza, la responsabilidad, el honor, el amor, la honestidad, la consideración, el afecto y un largo etcétera de valores que aquel monstruoso asesino había expulsado de su existencia.
Por la conducta exhibida por Orlando hasta su muerte por la soberbia de un aparente amigo, él reposará en un puesto preferencial del más allá.
Y por la conducta exhibida por el asesino, la mayoría de dominicanos convertidos en deudos de Orlando Jorge , espera vigilante la aplicación de la pena máxima que contemplan las leyes en la materia para que el asesino de aquel honorable ciudadano purgue algo del daño infringido a la familia de Orlando y a la sociedad dominicana herida por el infausto hecho.
Por: Lic. Santiago Martínez

