Los dominicanos, todos, tenemos que ser austeros. Frugales al comer y sobrios a la hora de gastar fuera de casa. Viajes, libros, diversión y otras cosas no esenciales para vivir, deben guardarse para tiempos mejores.
No ensuciar ni estrujar la ropa ahorra energía. Lavar y planchar es un lujo infrecuente. Salir a la calle, a no ser para trabajar o hacer algún negocio nos convierte en seres inconscientes e irresponsables.
Educar a los hijos en buenos colegios es un privilegio al que podrías acceder, sin remordimiento, si eres un alto funcionario, hijo del Presidente o un exitoso empresario de quinta generación en adelante.
Eso de invitar a los amigos a celebrar los quince de tu hija o la graduación del mayor está mandado a guardar. Debes conformarte con los álbumes de fotos colores sepia con las celebraciones de tus padres, tías solteras y abuelos.
Ganes lo que ganes, tu calidad de vida se ha reducido a la condición de jornalero, un echadias, con lo servido por lo comido. En menor o mayor grado.
Atrapado sin remedio por una suerte de estafa política que nos convierte en dóciles contribuyentes, dispuestos u obligados a llenar los bolsillos de dos o tres al frente la cosa pública. Oponerte a este plan es algo así como poner en peligro la estabilidad cambiaria. No faltan eufemismos para encubrir la trama.
Tenemos que apretarnos los cinturones a los fines de gastar menos, aún cuando ganemos mucho menos de lo que demandan nuestras necesidades básicas.
Todo este sacrificio tiene varios nombres, a saber: nuevos impuestos, Segundo Metro, esto si ha cambiado, botellas para retener lo poco que queda del PRSC, la costosa sosa e inútil campaña de la Primera Dama, así como los frecuentes y costosos paseos del Presidente por todo el mundo.
¿Vale la pena tanto sacrificio y patriotismo? ¿O no será que nuestra patria, la de cada uno de nosotros, los pendejos, tiene que ser más grande que la de los peledeístas que ahora nos gobiernan?
