No hay que ser un experto para saber que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, es víctima de un desalojo del poder por parte de Estados Unidos y la comunidad internacional. Las violaciones para declarar ilegítimo el nuevo ejercicio del polémico mandatario han sido más burdas en otros países, pero, en lugar de repudio, han contado con la anuencia del variopinto coro que desconoce el traje a la medida que se confeccionó el gobernante para continuar al frente de los destinos de su país.
Ahí está el caso de Honduras, no propiamente por la habilitación del presidente Juan Orlando Hernández para repostularse, sino por las barbaridades que se verificaron cuando se contaban los votos.
En Honduras, cuando se había contado más del 50% de los votos, con el candidato opositor al frente, ocurrió un largo apagón que interrumpió el proceso por varias horas. Lo más siniestro es que cuando se restableció la energía el candidato oficialista ya aventajaba al opositor.
La población tomó las calles denunciando el fraude, hubo varios muertos, pero el Tribunal Electoral no hizo más que esperar que los ánimos se calmaran para proclamar la victoria del evidente perdedor. Consumado el fraude Washington fue el primero en reconocer el “triunfo” de Hernández y entidades como la OEA, para no guardar silencio, favorecieron un diálogo para garantizar la gobernabilidad.
Maduro ha retenido el poder en Venezuela con las mismas triquiñuelas que han sido tan normales al menos en Centroamérica y el Caribe: unas votaciones con resultados garantizados de antemano a través de la represión en todas sus expresiones, dislocación de votantes, utilización en su provecho de los recursos públicos, persecución de los dirigentes opositores y para completar el muñeco con la designación de un Consejo Electoral que respondía única y exclusivamente a sus intereses.
Ese consejo parcializado no tardó de legitimar la farsa que se había montado en abril de 2018 en la que Maduro corrió sin contrincantes.
Los muchos errores de Maduro por miedo a perder el poder lo han puesto en la cuerda floja. Su peor paso en falso fue cuando tras perder en forma aplastante el control de la Asamblea Nacional se valió de artimañas para desconocer sus funciones.
Al pensar que podía salirse con las suyas gracias a los recursos del poder no hizo más que enredarse y propinarse un autojaque. Para dialogar y recapacitar es tarde. Tiene que irse.
Pero vale observar que si la presión de la comunidad internacional contra Maduro, quien ha resultado el más vulnerable, es para sanear los viciados procesos electorales en estos países sería un paso importante. Las votaciones no pueden ser una farsa ni un mercado de compra y venta de conciencias.

