Empiezo por admitir que me fascina el mundo de las finanzas. Quise ser economista, pero mi estulticia para las matemáticas me hizo desistir del intento. Por fortuna, mi anhelo va a concretizarse a través de mi segundo hijo, quien en lo atinente a la pericia en el manejo de los números, no recibió ningún legado de su padre.
Pese a mi pasión por las transacciones económicas, propias o ajenas, asumiendo el rol de protagonista o asistiendo clientes en mi condición profesional, solo me seducen aquellas que son resultados merecidos de méritos bien ganados. Derivar beneficios que destilan constancia, sudor y sacrificio, cuyas procedencias lícitas resaltan a ojos vistas, me parece algo natural como la noche que, obstinada e inmancable, sigue al día.
Hace bastantes años, tantos como más de tres décadas, me desempeño en un ámbito que en este país muchos han convertido en oportunidades apetecidas para obtener fortunas súbitas. El ejercicio de la abogacía y la utilización de medios de comunicación, han sido ascensores expeditos por los que han escalado proyectos fabulosos que, de haber ascendido por rutas comunes y corrientes, jamás habrían alcanzado cúspides tan descomunales.
En ambos casos, el método es tan simple como burdo. El primero, amparados en la media verdad de que todos tienen derecho a defensa, y que se ofrece asistencia a quien pague, sin reparar en la naturaleza de los hechos, se asumen expedientes que reflejan más al togado que al imputado, se enarbolan teorías que se intentan aplicar al caso de manera forzosa.
El segundo, el medio es bazuca que amenaza o lisonja remunerada. Todo tasado, silencios, palabras, entusiasmos, desánimos, abordaje o bloqueo de temas, insistencia, dejadez. Nada ocurre, entre quienes optan por ese sendero, por generación espontánea, todo hilvanado por hilo que conduce al oro o al poder.
Esos son los caminos que he elegido y que pretendo continuar transitando. Ejerzo por vocación y participo de medios de comunicación por imperativos personal y social convertidos en desafíos para una coherencia que no es cerrazón ni terquedad, pero que no modifico sin argumento irrebatible que en ningún caso se expresa con algo tan barato como el dinero.
En mis dos terrenos de lucha he sido crítico por convicción de aquello que disiento. Este aviso tiene el propósito de establecer que no habrá cambios en esa dirección, y si con mis posiciones alguien se siente extorsionado, que hable ahora o calle para siempre.

