Las bancas de lotería fueron creadas para ganar dinero y, en consecuencia, el enriquecimiento de sus propietarios. Y para que sus propietarios ganen dinero y se hagan ricos, los jugadores tienen que perder (como bien establece la ley de la probabilidad) y empobrecerse más, como en efecto ocurre en la República Dominicana.
En los barrios del Distrito Nacional, la provincia Santo Domingo —y en todo el país— hay cuatro y cinco bancas de lotería por cuadra, lo que constituye un exceso sólo tolerable en un país carente de autoridades, donde la gente pobre, que representa el grueso de los jugadores, deposita su esperanza de ascenso social en los juegos de azar.
Basar un eventual progreso social en el destino o en la suerte es propio de personas carentes de conciencia, que no se da cuenta que los juegos de azar en vez de ser la solución, contribuyen a un mayor empobrecimiento.
Sólo aquellos que se han sacado la loto o el loto (no sé el género) han podido salir de la pobreza, pero obtener el premio de esa lotería es menos probable que el recibimiento de una descarga eléctrica, un rayo, conforme al parecer de un meteorólogo entendido en este tipo de juegos.
A veces una persona se saca un palé y fue lo peor que pudo pasarle, pues la motivación en el juego se multiplica y termina perdiendo lo recibido y una parte importante de sus ingresos regulares que invierte en los juegos, dinero que bien debería destinar en alimentos y en educación o a ahorrarlos para una vivienda o un pequeño negocio.
Lamentablemente no hay una sola institución en el país que se encargue de concienciar a la gente pobre de lo desfavorable que le resultan estos juegos. Urge crear conciencia a la población de que sólo mediante los estudios y el trabajo se asciende socialmente.
Lo ideal sería clausurar todas esas bancas y prohibir mediante ley los juegos de lotería, pero es impracticable, porque los propios dueños de banca de lotería son diputados y senadores y los malditos partidos no sólo lo saben, sino que regularmente adquieren y juramentan ante la prensa a riferos que, en muchos caos, también se dedican a cosas peores.

