El profesor Juan Bosch fue el menos sorprendido con el fatídico golpe que lo depuso del poder el 25 de septiembre de 1963. No porque se lo buscara ni trabajara con ese propósito, como algunos han planteado sin reparar que en él los principios estaban por encima de las ambiciones personales o coyunturales, sino porque sabía los riesgos que suponía desmontar, aun fuera en forma gradual, la estructura corrupta que se había instalado en la nación tras el asesinato del tirano Rafael Leónidas Trujillo Molina.
A pesar de los casi 24 años que permaneció en el exilio, Bosch, que estaba en Costa Rica cuando Trujillo fue ajusticiado, conocía tan bien la psicología y la composición social de la población que en su momento escribió una radiografía. Sabía que existía una casta poderosa que no comulgaba con la democracia, la libertad, la justicia social ni el respeto a la voluntad popular, sino que solo aspiraba heredar el patrimonio y hasta el mismo poder que ejercía el decapitado dictador. Desde antes de asumir la Presidencia sabía que de no transigir con esos sectores que hacían negocios turbios con el Estado sus días podían estar contados. Sin embargo, prefirió que lo echaran, como en efecto ocurrió, antes que complacerlos. Decía que la política, como función de servicio, era eminentemente moral.
El 20 de octubre de 1961 cuando retornó al país, el mismo día de los acontecimientos de la calle Espaillat, Bosch tuvo, de manera accidental, su primer gran contacto con las masas populares que buscaba redimir de la marginalidad a través de la justicia y la construcción de una conciencia democrática. Ocurrió que el vehículo en que era transportado desde el aeropuerto, un Studebaker conducido por el comerciante Nuna Weber, se averió en pleno puente Duarte, siendo empujado por la muchedumbre que cargada de emoción había salido a recibirlo. El futuro mandatario recordó siempre el gesto como expresión del ansia de libertad que había en los segmentos más olvidados de la sociedad.
Tras el golpe, Bosch explicaría que en los países de América Latina, con muy pocas excepciones, “gobernantes y gobernados ejercen la corrupción en la forma más natural, y la corrupción no se limita al robo de los fondos públicos sino que alcanza a otras manifestaciones de la vida social”. Al tomar el poder en la República Dominicana”, subraya, “el régimen democrático tenía que esforzarse en moralizar el país o se exponía a que la inmoralidad acabara con la democracia”. Después del golpe, el país pasó por la sublevación de Manolo Tavárez Justo, huelgas generales, la revolución de abril, la segunda ocupación norteamericana y varias expediciones guerrilleras en aras de la constitucionalidad.

